Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928 ocupan un lugar singular en la historia del olimpismo moderno. Fue la edición en que se introdujeron dos tradiciones que, desde entonces, han definido la identidad de cada ceremonia olímpica: la llama olímpica y la participación de las mujeres en las pruebas de atletismo. Bajo el cielo holandés, el deporte mundial dio pasos decisivos hacia la universalidad y la modernidad.
Sede y datos generales
Los IX Juegos Olímpicos se celebraron en Ámsterdam, Países Bajos, del 17 de mayo al 12 de agosto de 1928. Participaron 2.883 atletas de 46 países, compitiendo en 14 disciplinas deportivas. El Estadio Olímpico de Ámsterdam, inaugurado expresamente para la ocasión, albergó las ceremonias y las pruebas de atletismo. La ciudad holandesa demostró una organización ejemplar y ofreció al mundo unos Juegos marcados por la innovación y el simbolismo.
Una de las novedades más destacadas fue la readmisión de Alemania, excluida desde los Juegos de Amberes 1920 como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Su regreso al olimpismo fue recibido con normalidad y supuso un importante paso en la reconciliación deportiva europea.
La llama olímpica: una tradición nace
Uno de los legados más duraderos de Ámsterdam 1928 es la introducción de la llama olímpica en la ceremonia inaugural. Por primera vez en la historia, un pebetero ardió durante toda la duración de los Juegos en la torre del Estadio Olímpico, como símbolo de los ideales del olimpismo. Esta práctica, inspirada en los rituales de la Antigüedad griega, se convirtió en una tradición permanente y es hoy uno de los símbolos más reconocibles del movimiento olímpico.
Cabe destacar que el relevo de la antorcha desde Olimpia, la tradición de llevar el fuego corriendo desde Grecia hasta la ciudad anfitriona, no se instauró hasta los Juegos de Berlín 1936. En Ámsterdam, la llama se encendió directamente en el estadio, pero el gesto fundacional quedó grabado para siempre en la historia olímpica.
Las mujeres conquistan el atletismo
Ámsterdam 1928 fue también la primera edición en que las mujeres pudieron competir en pruebas de atletismo. Hasta entonces, su participación olímpica quedaba restringida a deportes como la natación o la gimnasia. En esta edición se incluyeron cinco eventos femeninos de atletismo, entre ellos los 800 metros lisos, en los que la canadiense Ethel Catherwood y la alemana Lina Radke fueron algunas de las protagonistas.
La carrera de 800 metros femeninos tuvo una consecuencia lamentable: la dureza del esfuerzo visible en algunas participantes al cruzar la meta fue malinterpretada por los observadores de la época, lo que llevó al Comité Olímpico Internacional a suprimir esa distancia del programa femenino hasta Roma 1960. A pesar de este retroceso, la puerta estaba abierta y la presencia femenina en el atletismo olímpico no volvió a cuestionarse.
Paavo Nurmi y la consagración del atletismo de fondo
El corredor finlandés Paavo Nurmi, conocido como “el corredor fantasma” o “el finlandés volador”, volvió a ser el gran protagonista de las pruebas de fondo. En Ámsterdam conquistó el oro en los 10.000 metros y en el cross country por equipos, añadiendo más títulos a una colección que le convertiría en uno de los atletas más laureados de la historia olímpica. Su inconfundible estilo, con la mirada al frente y el ritmo metronómico, definió una época y marcó el camino de las generaciones de fondistas que le siguieron.
Finlandia, de hecho, dominó las pruebas de media y larga distancia con una solidez aplastante, confirmando su posición como potencia mundial en el atletismo de fondo durante el período de entreguerras.
Medallero y participación española
En el medallero por países, Estados Unidos encabezó la clasificación general con 22 oros, seguida de Alemania (10 oros) y Finlandia (8 oros). La sólida actuación alemana en su regreso a la competición olímpica fue bien acogida en el ambiente de distensión política del período de entreguerras.
España participó en estos Juegos pero no logró ninguna medalla. El deporte español vivía aún una etapa de consolidación institucional y no disponía de los recursos ni la estructura necesarios para competir con las grandes potencias deportivas del momento.
Ámsterdam 1928 cerró con el balance de unos Juegos que miraban hacia el futuro: con la llama encendida y las mujeres corriendo sobre la pista, el olimpismo moderno había dado sus pasos más simbólicos hacia lo que sería décadas después.