Los Juegos Olímpicos de Amberes 1920 fueron los del renacimiento del olimpismo tras la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Los VI Juegos, asignados a Berlín para 1916, nunca se celebraron a causa del conflicto bélico que sumergió a Europa en cuatro años de destrucción sin precedentes. Cuando la guerra terminó, el olimpismo tuvo que recomponerse en un continente devastado, y eligió para ello la ciudad belga de Amberes, una de las más castigadas por la ocupación alemana, como símbolo de resiliencia y recuperación. Fue una edición cargada de simbolismo, de historia y de algunas de las primeras grandes leyendas olímpicas del siglo XX.
La numeración y los Juegos cancelados
Una particularidad relevante de Amberes 1920 es que oficialmente fue proclamada la VII edición de los Juegos Olímpicos, saltando del número V de Estocolmo 1912 al VII. El número VI quedó reservado para los Juegos de Berlín 1916, aunque nunca se celebraron, en reconocimiento de que habían sido oficialmente asignados. Esta numeración, aparentemente arbitraria, es en realidad una declaración del COI de que la guerra no borraba los compromisos olímpicos.
La elección de Amberes como sede fue también un gesto político: Bélgica había sido el primer país invadido por Alemania en 1914, y la ciudad de Amberes había sufrido especialmente la ocupación. Organizar allí los primeros Juegos de la posguerra fue una forma de honrar el sufrimiento belga y de afirmar los valores de paz que el olimpismo pretendía encarnar.
La bandera olímpica y el juramento: símbolos que perduran
Amberes 1920 fue escenario de dos de los momentos fundacionales más importantes de la cultura olímpica. Por primera vez en la historia de los Juegos, ondeó la bandera olímpica diseñada por Pierre de Coubertin: los cinco aros de colores sobre fondo blanco, símbolo de la unión de los cinco continentes. La bandera había sido creada en 1914, pero la guerra impidió su estreno en 1916; Amberes fue así su verdadera primera aparición.
También en Amberes 1920 se pronunció por primera vez el juramento olímpico, recitado por el esgrimidor belga Victor Boin en nombre de todos los atletas participantes. El juramento comprometía a los deportistas a competir con lealtad, respetando las reglas y el espíritu deportivo. Hoy, más de cien años después, el juramento olímpico —en una versión actualizada— sigue siendo uno de los momentos más solemnes de cualquier ceremonia de inauguración.
Los países excluidos: una paz incompleta
No todo fue reconciliación en Amberes. Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria y Turquía —los países de la Triple Alianza derrotada en la guerra— fueron excluidos de estos Juegos. La decisión, tomada por el COI a instancias de los países aliados vencedores, supuso que los primeros Juegos de la posguerra reflejaran más el espíritu de la victoria que el de la reconciliación universal.
La Unión Soviética, nacida de la revolución bolchevique de 1917, tampoco participó: su régimen rechazaba el olimpismo como una institución “burguesa”. El resultado fue que de los 29 países y 2.626 atletas participantes, la mayoría procedían de Europa occidental, América del Norte y algunas naciones de otros continentes.
Paavo Nurmi: el debut de la “locomotora humana”
Amberes 1920 fue el escenario del debut olímpico del finlandés Paavo Nurmi, uno de los atletas más extraordinarios de la historia del atletismo. Con solo 23 años, Nurmi ganó el oro en los 10.000 metros y la carrera de campo a través por equipos, y la plata en los 5.000 metros. Era el inicio de una carrera legendaria que se prolongaría hasta los Juegos de Los Ángeles 1932, con un total de nueve medallas de oro y tres de plata.
La delegación finlandesa en conjunto brilló de forma extraordinaria en el atletismo de fondo, consolidando la reputación de Finlandia como potencia en las pruebas de resistencia. Estados Unidos dominó el medallero general, especialmente en natación y atletismo de velocidad, con el campeón nadador Duke Kahanamoku repitiendo su oro de Estocolmo en los 100 metros libres.
El legado de Amberes
Los Juegos de Amberes 1920, celebrados con recursos limitados y en un continente que aún lamía sus heridas, demostraron la capacidad del olimpismo para sobrevivir a las peores circunstancias. La bandera y el juramento olímpicos nacidos en aquella ciudad belga han acompañado a todos los Juegos hasta el presente, convirtiendo a Amberes 1920 en un capítulo ineludible de la historia olímpica. España participó en estos Juegos con una delegación modesta, continuando el camino iniciado en Estocolmo, aunque sin alcanzar aún resultados destacados en el medallero.