Los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 marcan el inicio de la madurez del olimpismo moderno. Por primera vez, los Juegos se celebraron con una organización impecable, separados de cualquier exposición universal, con un programa coherente, tecnología avanzada para la época y una participación verdaderamente internacional que incluía delegaciones de todos los continentes habitados. Fueron también los Juegos del debut de España en el olimpismo, y los que vieron brillar a uno de los atletas más extraordinarios de la historia.
La organización sueca: un modelo para el futuro
Suecia demostró en 1912 que los Juegos Olímpicos podían ser un evento perfectamente organizado, eficiente y digno. El gobierno sueco construyó el Estadio Olímpico de Estocolmo —que sigue en pie y en uso hoy en día— con capacidad para 22.000 espectadores, y equipó la instalación con las últimas tecnologías disponibles.
Por primera vez en la historia olímpica se utilizó el cronometraje eléctrico para medir los tiempos de las pruebas de atletismo, y se introdujo el foto-finish para resolver los resultados más ajustados. Estas innovaciones, que hoy dan por descontadas, representaron en 1912 un salto cualitativo enorme en la precisión y la objetividad de los resultados deportivos.
El programa se racionalizó: los 14 deportes incluidos estaban todos directamente gestionados por el COI, sin pruebas anecdóticas ni eventos de exhibición. El remo, la vela y la natación se añadieron con categorías tanto masculinas como femeninas en algunos casos, consolidando la progresiva apertura de los Juegos a las deportistas.
Jim Thorpe: el mayor atleta del mundo
El nombre más grande de Estocolmo 1912 fue sin duda el de Jim Thorpe, atleta nativo americano de la nación Sauk y Fox, que dominó de forma aplastante las dos pruebas más exigentes del atletismo: el pentatlón y el decatlón. Thorpe ganó el pentatlón con tal superioridad que quedó primero en cuatro de las cinco disciplinas. En el decatlón, su puntuación fue tan alta que el rey sueco Gustavo V, al entregarle la medalla, lo describió como “el mayor atleta del mundo”. Thorpe respondió con un escueto “Gracias, rey”.
La historia de Jim Thorpe tuvo, sin embargo, un final amargo. En 1913 se descubrió que había cobrado un pequeño sueldo por jugar al béisbol semiprofesional antes de los Juegos, lo que lo convertía en un atleta “profesional” según las estrictas normas del amateurismo olímpico de la época. El COI le retiró sus medallas, una decisión que muchos consideraron injusta y que no sería revertida oficialmente hasta 1983, treinta años después de la muerte de Thorpe.
Duke Kahanamoku y la natación moderna
En la piscina, el hawaiano Duke Kahanamoku revolucionó la natación al ganar los 100 metros libres con una técnica de crol —el llamado “flutter kick”— que diferenciaba radicalmente de los estilos dominantes hasta ese momento. Kahanamoku, considerado el padre del surf moderno además de nadador olímpico, estableció un récord del mundo y comenzó una carrera olímpica que se prolongaría hasta los Juegos de 1924.
Las mujeres compitieron por primera vez en natación en estas ediciones, con pruebas de 100 metros libres y relevo 4x100. La australiana Fanny Durack ganó el oro en los 100 metros femeninos, convirtiéndose en una de las primeras grandes estrellas femeninas del olimpismo.
El debut de España
España participó por primera vez en unos Juegos Olímpicos en Estocolmo 1912, enviando una pequeña delegación de atletas en disciplinas como el tiro, la natación y el atletismo. El Comité Olímpico Español había sido reconocido por el COI apenas ese mismo año. Los resultados no fueron destacados —los deportistas españoles aún carecían de la experiencia y los recursos de las grandes potencias olímpicas— pero el debut marcó el inicio de la historia olímpica española y abrió el camino a las participaciones posteriores.
Legado de la edición sueca
Estocolmo 1912 fue el último gran Juego antes de la Primera Guerra Mundial. La siguiente edición estaba prevista para Berlín en 1916, pero el estallido del conflicto bélico en 1914 la hizo imposible. Los Juegos de 1912 quedaron así como el final de una primera época del olimpismo moderno —la de los Juegos pioneros y experimentales— y el punto de partida de un movimiento que, tras la guerra, renacería con una fortaleza y una universalidad renovadas.