Sonja Henie nació el 8 de abril de 1912 en Christiania (hoy Oslo), en el seno de una familia acomodada noruega. Su padre, Wilhelm Henie, era un próspero comerciante con pasión por el deporte, y desde muy pequeña animó a su hija a practicar patinaje, esquí y tenis. Sonja eligió el patinaje sobre hielo, y con esa elección cambió el deporte para siempre.
Una infancia de prodigio
Henie compitió por primera vez en los Juegos Olímpicos de Chamonix 1924, con apenas once años. Quedó en último lugar de la clasificación, pero la imagen de aquella niña rubia patinando con una falda corta y con un conejo de peluche bajo el brazo captó la atención del público. Cuatro años después, en Saint Moritz 1928, regresó convertida en campeona del mundo y se proclamó campeona olímpica con solo quince años.
Diez mundiales y tres oros: la hegemonía absoluta
Entre 1927 y 1936, Sonja Henie fue prácticamente invencible en el patinaje artístico mundial. Ganó el Campeonato del Mundo en diez ocasiones consecutivas —igualado en el palmarés histórico solo por el sueco Ulrich Salchow en la categoría masculina— y añadió tres oros olímpicos a su colección.
Su dominio fue de tal magnitud que muchos campeonatos de la época carecían de competencia real: ninguna otra patinadora podía acercarse a su nivel técnico y artístico. Henie combinaba una ejecución técnica superior en las figuras obligatorias con un programa libre revolucionario para los estándares de la época.
Las innovaciones que cambiaron el patinaje femenino
Sonja Henie no solo dominó el patinaje artístico: lo transformó desde dentro.
Las faldas cortas: cuando Henie comenzó a competir, las patinadoras vestían faldas largas oscuras que llegaban a media pierna o más abajo, herencia de la moda victoriana. Henie empezó a usar faldas mucho más cortas, que dejaban las rodillas al descubierto. Al principio provocó escándalo; rápidamente se convirtió en el nuevo estándar.
Las botas blancas: Henie sustituyó las botas negras habituales por botas blancas, que daban mayor visibilidad a los pies y las piernas y añadían elegancia visual al conjunto.
El ballet sobre hielo: Henie era también bailarina de ballet, y fue la primera en incorporar sistemáticamente movimientos de danza clásica al patinaje competitivo. Sus programas libres parecían coreografías de ballet realizadas sobre el hielo, una novedad radical en un deporte donde el programa libre era hasta entonces más una demostración técnica que una actuación artística.
Hollywood y la fama mundial
Tras su retirada del patinaje competitivo en 1936, con los veintitres años bien cumplidos y un palmarés que nadie había conseguido ni conseguiría en décadas, Sonja Henie se trasladó a Los Ángeles. La 20th Century Fox la contrató para protagonizar su primera película, One in a Million (1937), que fue un éxito inmediato.
Durante los siguientes años, Henie protagonizó diez películas que seguían una fórmula probada: historia romántica ligera combinada con espectaculares secuencias de patinaje sobre hielo. Entre 1937 y 1939 fue la tercera actriz con mayores ingresos en Hollywood, por detrás solo de Shirley Temple y Clark Gable.
Paralelamente, organizó las Hollywood Ice Revues, grandes espectáculos itinerantes de patinaje profesional que recorrieron Estados Unidos y Europa. Estos shows fueron el antecedente directo de los espectáculos profesionales de patinaje como el Stars on Ice que continuaron décadas después.
La fortuna y el ocaso
Sonja Henie fue también una hábil empresaria: gestionó su imagen y sus contratos con una astucia que no era habitual en las deportistas de la época, y acumuló una enorme fortuna. También fue coleccionista de arte, con una colección que incluyó obras de Munch, Braque y Miró.
Murió el 12 de octubre de 1969 a bordo de un avión ambulancia que la trasladaba desde París a Oslo para recibir tratamiento de la leucemia que sufría. Tenía 57 años. Noruega la honra hoy con el museo Henie-Onstad Kunstsenter en Høvikodden, que alberga su colección de arte y los recuerdos de su carrera.