Entre las dos guerras mundiales, el patinaje artístico vivió su primer período de gloria mediática gracias a una joven noruega que lo transformó en espectáculo global: Sonja Henie. Nacida en Oslo en 1912, Henie compitió por primera vez en los Juegos Olímpicos de Chamonix 1924 con solo once años, quedando última. Nadie imaginaba que esa niña se convertiría en la mayor dominadora del patinaje artístico de su era.
La hegemonía: diez mundiales y tres oros olímpicos
Entre 1927 y 1936, Sonja Henie ganó el Campeonato del Mundo femenino de patinaje artístico diez veces consecutivas, un dominio tan aplastante que apenas tuvo competidoras reales durante esa década. Combinó este palmarés con tres medallas de oro olímpicas: Saint Moritz 1928, Lake Placid 1932 y Garmisch-Partenkirchen 1936.
Su estilo fue revolucionario para la época. En un deporte donde las mujeres competían con largas faldas oscuras y movimientos contenidos, Henie introdujo:
- Faldas cortas hasta la rodilla, que escandalizaron al principio pero se convirtieron rápidamente en el nuevo estándar del vestuario femenino en el patinaje
- Movimientos de ballet clásico integrados en el programa libre
- Botas blancas en lugar de las negras habituales, que daban mayor visibilidad a los pies y las piernas
- Una expresividad artística que enfatizaba la actuación y el entretenimiento tanto como la técnica
La conexión con el nazismo: una sombra sobre su legado
Los Juegos de Garmisch-Partenkirchen 1936 estuvieron organizados por la Alemania nazi, y las imágenes de Henie saludando a Adolf Hitler en una recepción oficial son parte de su legado más incómodo. La propia Henie nunca explicó con claridad su relación con el régimen nazi durante esos años; su actitud fue siempre la de una atleta que buscaba ganar y que no quería complicaciones políticas, pero la controversia ha persistido.
Hollywood y el patinaje como espectáculo de masas
En 1936, con treinta y tres títulos en su palmarés, Henie se retiró del patinaje competitivo y fichó por el estudio de Hollywood 20th Century Fox, donde protagonizó su primera película, One in a Million, en 1937. El éxito fue inmediato y apabullante: durante dos años fue la tercera actriz más taquillera de Hollywood. Sus películas seguían siempre una fórmula similar —historia romántica con espectaculares secuencias de patinaje sobre hielo— que funcionó durante más de una década.
Paralelamente, Henie organizó grandes giras profesionales de patinaje (Hollywood Ice Revue) que llenaron los estadios más grandes de América del Norte y Europa. Transformó el patinaje artístico en un producto de entretenimiento de masas, mucho antes de que los Juegos Olímpicos tuvieran cobertura televisiva.
El legado de Sonja Henie
Sonja Henie murió en 1969, a bordo de un avión ambulancia que la trasladaba desde París a Oslo para recibir tratamiento de su leucemia. Su legado es doble y complejo: por un lado, la mayor dominadora del patinaje femenino de la primera mitad del siglo XX y la pionera que convirtió el deporte en arte y espectáculo; por otro, una figura controvertida por su relación con el nazismo y su imagen de calculadora empresaria de su propio talento.
En Noruega tiene su propio museo en Oslo, el Tusenfryd Henie-Onstad Kunstsenter, que alberga tanto su colección de arte como los trofeos y recuerdos de su carrera deportiva.
La influencia en el patinaje posterior
El modelo Henie —patinaje técnico + expresión artística + vestuario elaborado + conexión con el público— se convirtió en el estándar del patinaje femenino para las décadas siguientes. Cada generación de grandes patinadoras ha sido, en cierta medida, heredera de la visión de Sonja Henie sobre lo que el patinaje artístico debía ser.