José Iriarte, conocido en los frontones y en toda España como el Chiquito de Eibar, fue uno de los deportistas más populares de la España de finales del siglo XIX y principios del XX. En una época en la que la pelota vasca convocaba a multitudes en los frontones de las principales ciudades del país, el Chiquito era su figura más reconocible y querida, un pelotari cuyo nombre cruzó los límites del deporte para convertirse en referencia cultural.
Eibar y los orígenes de una leyenda
José Iriarte nació en Eibar en 1860, una ciudad que en aquella época era conocida principalmente por su industria armera pero que pronto iba a serlo también por haber dado al mundo uno de sus pelotaris más carismáticos. Desde niño, el frontón del barrio fue su escuela, y las cualidades que más tarde lo harían famoso —la agilidad, la rapidez de reacción, la capacidad de golpear la pelota desde posiciones imposibles— se forjaron en esos años de juego libre.
Su traslado a los circuitos profesionales de pelota se produjo cuando la popularidad del deporte estaba en su punto más alto. Los frontones de Madrid, Barcelona, San Sebastián y Bilbao eran escenarios frecuentados por la aristocracia y por el pueblo llano, por intelectuales y por trabajadores. La pelota vasca era, en aquella España, un deporte verdaderamente popular en el mejor sentido de la palabra.
El estilo que conquistó al público
Lo que distinguía al Chiquito de Eibar era, ante todo, el espectáculo. Mientras otros pelotaris de su época tendían a un juego más sistemático y menos arriesgado, el Chiquito apostaba por golpes acrobáticos, por recuperaciones que parecían imposibles y por una velocidad de movimiento que tenía al público en constante tensión. Verle jugar era vivir la incertidumbre de si iba a conseguir devolver esa pelota que parecía inalcanzable, y la emoción de comprobarlo la mayoría de las veces.
Su diminuto apodo —Chiquito— no hacía referencia a una estatura especialmente pequeña sino a una vivacidad y una rapidez que en los frontones de la época se asociaban con el tamaño. Era pequeño en el frontón en el sentido de que era rápido, escurridizo e impredecible.
La popularidad fuera del frontón
La fama del Chiquito de Eibar trascendió ampliamente el mundo de la pelota vasca. En una España sin radio ni televisión, donde la información viajaba por los periódicos y el boca a boca, que el nombre de un deportista llegara a ser conocido en todo el país era un logro extraordinario. El Chiquito lo consiguió.
Fue objeto de artículos en los principales periódicos del país, su imagen se reprodujo en postales y cromos, y su nombre apareció en la cultura popular de la época. Incluso el poeta Federico García Lorca lo mencionó en algunos de sus escritos, lo que da idea del peso cultural que este pelotari de Eibar llegó a tener en la España de principios del siglo XX.
Una influencia que perduró
El Chiquito de Eibar falleció en 1927, a los 67 años, cuando la pelota vasca seguía siendo un deporte de masas en España aunque ya comenzaban a asomarse los primeros signos del cambio que el fútbol iba a traer. Su influencia en la evolución del juego fue enorme: demostró que el espectáculo y la técnica podían ir de la mano, y que el pelotari que combinara ambas cualidades podía llegar a ser algo más que un campeón: podía ser una figura pública, un símbolo y un ejemplo para las generaciones que vendrían.
Los pelotaris de las décadas posteriores crecieron con su nombre como referencia de lo que era posible conseguir en el frontón.