Juan Martínez de Irujo es el nombre más grande de la pelota vasca en la segunda mitad del siglo XX y en los albores del XXI. Nacido en 1971 en el País Vasco, se convirtió en el símbolo de una modalidad —la mano— que exige al pelotari enfrentarse a la pelota con la palma desnuda, soportando impactos que alcanzan velocidades altísimas. Su dominio fue tan prolongado y absoluto que muchos aficionados y expertos lo consideran simplemente el mejor de la historia.
Los inicios: una familia de tradición pelotazale
Crecer en el País Vasco con el frontón en el barrio es casi una garantía de que el niño acabe tocando una pelota. Juan Martínez de Irujo lo hizo desde muy pequeño, con la ventaja añadida de pertenecer a una familia que respiraba cultura vasca y deporte. Sus primeros pasos en el frontón local dejaron pronto claro que el talento que poseía iba mucho más allá de lo que se veía en los frontones de pueblo.
Con apenas dieciséis años ya llamaba la atención de los grandes empresarios del deporte profesional de pelota. La potencia de su mano, la colocación en el frontón y —sobre todo— la cabeza para leer el juego y decidir cuándo atacar y cuándo defender eran cualidades que no se entrenan: se tienen o no se tienen. Irujo las tenía todas.
Una carrera sin igual: txapela tras txapela
La carrera profesional de Irujo se desplegó durante más de veinte años en los frontones del País Vasco, Navarra y más allá, con participaciones regulares en el Campeonato del Mundo de Pelota Vasca que organiza la Federación Internacional. En cada ciclo de mundiales, Irujo era el favorito, y en la mayoría de las ocasiones cumplía esa expectativa con títulos.
Lo que distinguía a Irujo de sus contemporáneos no era únicamente la técnica, aunque esta fuera formidable. Era la inteligencia táctica. Sabía perfectamente cuándo forzar un pelotazo corto para desequilibrar al rival, cuándo golpear a máxima potencia para romper el intercambio y cuándo simplemente colocar la pelota con precisión quirúrgica en el rincón más incómodo. Esa combinación hacía casi imposible anticipar su juego.
También fue excepcional en las actuaciones en parejas, donde su capacidad para leer a su compañero y complementarle sin estorbarse añadía una capa más de complejidad táctica a un deporte ya de por sí muy exigente.
El estilo que definió una era
La pelota vasca de mano es un deporte duro. La pelota, de cuero, pesa entre 90 y 100 gramos y puede superar los 200 kilómetros por hora en los golpes más potentes. Jugarla a mano desnuda durante una carrera entera exige una resistencia física y mental fuera de lo común. Irujo la soportó durante décadas gracias a una preparación física meticulosa y a una capacidad de recuperación que sorprendía a sus propios preparadores.
Su estilo de juego se caracterizaba por la fluidez. Donde otros pelotaris exhibían potencia bruta, Irujo combinaba esa potencia con una elegancia que hacía que los golpes más difíciles parecieran sencillos. Era el jugador que el público quería ver, porque en su juego había algo parecido a la belleza.
Legado: el embajador de la pelota vasca
Más allá de sus títulos, el legado de Irujo tiene una dimensión cultural y deportiva de primer orden. En un deporte que lucha por mantener su presencia en los medios y por atraer generaciones más jóvenes, su figura fue durante décadas el mejor argumento para llenar frontones y convencer a los indecisos de que merecía la pena seguir la pelota vasca.
Fue también un embajador del deporte fuera del País Vasco, participando en torneos internacionales y llevando la modalidad de mano a territorios donde apenas se conocía. Su influencia en la expansión global de la pelota vasca es incalculable.