De todas las modalidades de la pesca deportiva, el fly fishing es la única que ha generado una literatura filosófica seria, que ha inspirado películas cinematográficas de primera categoría y que sus practicantes describen habitualmente con un vocabulario más propio de la meditación o del arte que del deporte. La pesca con mosca es, para muchos de sus adeptos, una forma de estar en el mundo, de relacionarse con la naturaleza y de perseguir la perfección técnica como fin en sí mismo.
La mosca perfecta: el Santo Grial del fly tying
El fly fishing comienza con la construcción de la mosca artificial. El fly tying —el arte de atar moscas— es una disciplina artesanal con más de quinientos años de historia documentada, desde los patrones descritos en el Treatise of Fishing with an Angle de 1496 hasta los diseños de alta precisión de los competidores modernos.
La filosofía del fly tying se debate entre dos grandes escuelas que llevan siglos discutiendo: la escuela imitacionista y la escuela atractorista. Los imitacionistas creen que la mosca perfecta es aquella que reproduce con la mayor fidelidad posible la apariencia del insecto real que el pez está comiendo en ese momento: el color exacto de la hembra de la efémera Ephemerella ignita en la tarde del 15 de mayo, con las patas de la longitud correcta y las alas en el ángulo preciso. Los atractoristas, en cambio, creen que los peces no ven con la precisión que atribuyen los imitacionistas, y que lo que importa es la silueta general, el movimiento y la presentación, no los detalles microscópicos.
La realidad, como suele ocurrir, está en algún punto entre las dos extremos. Los peces son selectivos —en ciertas condiciones de alimentación activa, solo toman una talla o color específico de insecto y rechazan todo lo demás— pero también son oportunistas y responden a patrones que no imitan nada real pero producen la respuesta instintiva de ataque. La mosca perfecta no existe en abstracto: existe en relación con el pez, el río y el momento.
El lanzado como danza
El segundo elemento artístico del fly fishing es el lanzado. Un buen cañero de mosca trabajando en un río de montaña —con la línea describiendo bucles apretados y elegantes en el aire, cambiando de dirección sin perder tensión, posando finalmente la mosca con una suavidad que no produce ningún chapoteo perturbador— es un espectáculo visual que tiene poco que envidiar a cualquier deporte de demostración artística.
El lanzado con mosca no es instintivo: contradice muchos reflejos naturales. Aprender a tratar la caña como un metrónomo, a esperar que la línea se extienda completamente en el aire antes de invertir el movimiento, a controlar la anchura y la forma del bucle para adaptarlo a cada situación, requiere meses de práctica y años de refinamiento.
Los mejores cañeros de competición llevan este arte a un nivel de precisión extraordinario: pueden lanzar una mosca en un arco curvo para que pase a la izquierda de un tronco sumergido y aterrice exactamente en la corriente que corre entre la roca y la orilla, donde saben que hay una trucha alimentándose. O pueden hacer un lanzado pendular en un espacio de dos metros de anchura entre las ramas de un árbol y posicionar la mosca en un punto exacto de un charco profundo.
La lectura del río
La tercera dimensión del fly fishing como arte intelectual es lo que sus practicantes llaman «leer el río». Los ríos de trucha son sistemas vivos y complejos: la corriente superficial oculta circulaciones subsuperficiales, zonas de calma junto a zonas de turbulencia, variaciones de temperatura de un metro al siguiente, concentraciones de insectos que surgen en horarios predecibles relacionados con la temperatura del agua y el ciclo lunar.
Aprender a leer un río —identificar dónde descansan las truchas durante el día, dónde se alimentan cuando hay eclosión de insectos, qué corrientes llevan el alimento hasta las posiciones de alimentación— es un proceso de aprendizaje que los mejores pescadores de mosca describen como interminable. Cada río tiene su carácter; cada tramo del mismo río cambia entre el verano y el otoño; cada día de sol o de nube produce comportamientos diferentes en los peces.
Esta dimensión de conocimiento del medio natural es lo que distingue al fly fishing de casi cualquier otra modalidad deportiva. No hay partido que se juegue igual dos veces, pero la complejidad del escenario en la pesca con mosca es de un orden diferente: no es la táctica del rival lo que hay que leer, sino el ecosistema completo.
«El río de la vida» y la cultura del fly fishing
En 1992, la película El río de la vida (A River Runs Through It), dirigida por Robert Redford y con Brad Pitt en el papel protagonista, llevó el fly fishing a millones de personas que nunca habían oído hablar de la modalidad. Basada en el libro autobiográfico de Norman Maclean —un texto de una belleza literaria excepcional publicado en 1976—, la película narra la relación entre dos hermanos en los ríos de Montana durante los años veinte, usando la pesca con mosca como metáfora de la búsqueda de la perfección, la diferencia entre las personas y la inevitabilidad de la pérdida.
El efecto sobre la popularidad del fly fishing fue inmediato y masivo. Las inscripciones en escuelas de mosca y los permisos de pesca en los ríos de Montana se dispararon en los meses siguientes al estreno. Se calcula que la película duplicó el número de practicantes del fly fishing en Estados Unidos en pocos años. El libro de Maclean, publicado originalmente de manera discreta por la Universidad de Chicago, se convirtió en un bestseller tardío que se ha mantenido en catálogo como uno de los textos más leídos sobre la naturaleza y el deporte en la literatura americana del siglo XX.
La frase final del libro —«En el fondo era agua, y encima había palabras, y en el fondo, antes de que el agua, hubiera algo»— es tan difícil de entender en abstracto como imposible de olvidar para quien la ha leído junto a un río.