Hay deportistas que dominan su deporte durante años, y luego hay Gregor Schlierenzauer. En el período comprendido entre 2008 y 2013, el austríaco de Innsbruck fue literalmente inhumano en el salto de esquí: 53 victorias en Copa del Mundo, múltiples Campeonatos del Mundo y oros olímpicos, estableciendo récords que la mayoría de sus contemporáneos consideraban inalcanzables. Pero la historia de Schlierenzauer es también la de un atleta que pagó un precio alto por el nivel de exigencia que se impuso.
El niño prodigio de Innsbruck
Gregor Schlierenzauer nació el 7 de enero de 1990 en Innsbruck, la capital del Tirol austríaco, en el corazón de una región con fortísima tradición en el salto de esquí. Austria había producido grandes saltadores durante décadas, pero nadie estaba preparado para lo que Schlierenzauer iba a hacer.
Comenzó a competir en el circuito internacional siendo prácticamente un adolescente y ganó su primera prueba de Copa del Mundo con solo 16 años. La combinación de talento natural, técnica impecable y una agresividad competitiva inusual presagiaban una carrera extraordinaria.
El reinado: 2008-2013
El período comprendido entre la temporada 2007-08 y la 2012-13 fue el tiempo de Schlierenzauer. En esos cinco años:
- Ganó la clasificación general de la Copa del Mundo en seis ocasiones (5 consecutivos de 2008-09 a 2012-13)
- Acumuló 53 victorias individuales en Copa del Mundo, el récord absoluto del deporte
- Ganó múltiples Campeonatos del Mundo en trampolín normal, grande y por equipos
- Conquistó dos oros olímpicos en Vancouver 2010 (trampolín grande y por equipos)
La frecuencia con que ganaba era asombrosa. En algunas temporadas ganaba 10, 11 o incluso 12 pruebas en una misma temporada, una concentración de victorias sin precedentes en el deporte.
La técnica: el perfeccionismo al límite
El arma secreta de Schlierenzauer era su técnica, considerada por los expertos como la más refinada de su generación. La posición de vuelo era perfectamente estable y simétrica; el timing en la mesa de trampolín era casi mecánico en su precisión; y su capacidad para adaptarse a las condiciones de viento y a distintos tipos de trampolín era superior a la de cualquier rival.
Su entrenador austriaco trabajó con él para desarrollar una rutina pre-competición que le permitiera acceder a un estado de concentración óptima antes de cada salto. Este control mental, combinado con el talento físico, era lo que le daba la ventaja sobre rivales igualmente bien preparados físicamente.
El declive y los problemas personales
A partir de la temporada 2013-14, el rendimiento de Schlierenzauer comenzó a deteriorarse de forma alarmante. Las victorias se hicieron más escasas y los periodos de forma mediocre se alternaban con algún buen resultado aislado. Se habló de lesiones, de problemas técnicos y de cambios en el material.
Pero fue el propio Schlierenzauer quien reveló más tarde que el verdadero problema había sido mental. En declaraciones públicas, admitió que la presión de mantener el nivel de excelencia que él mismo se había impuesto durante años le había generado un agotamiento psicológico profundo. La motivación para entrenar y competir al máximo nivel había desaparecido, y recuperarla le llevó varios años.
El legado inimitable
Los 53 triunfos de Schlierenzauer en Copa del Mundo son el récord que define su carrera y probablemente sea el más difícil de superar en el salto de esquí moderno. En perspectiva, es un logro comparable a los de los más grandes de la historia del deporte: más victorias que cualquier otra figura del salto, en una época de alta competencia y con varios rivales de primera categoría.