En un deporte donde la cara del atleta queda a tres o cuatro centímetros del hielo durante un minuto de descenso a más de 130 km/h, el equipamiento de protección no es un elemento accesorio sino la barrera que puede separar un accidente de una tragedia. La normativa de la IBSF sobre cascos y equipamiento de skeleton es la más detallada y exigente de los tres deportes de deslizamiento, reflejando la exposición única que la posición boca abajo crea para el piloto.
El casco es el elemento central del equipamiento de seguridad. Debe ser integral —cubriendo la cabeza, el occipital, las sienes y el mentón— con una visera transparente que proteja los ojos y la nariz. A diferencia del casco de luge, el de skeleton tiene especial refuerzo en la zona del mentón y las mejillas, que son las partes del cuerpo que podrían impactar primero en caso de accidente. La homologación IBSF verifica que el casco resiste impactos de una energía determinada sin transmitirlos al cráneo, y que la visera no se fractura ni genera aristas cortantes en caso de rotura. Los cascos deben ser inspeccionados antes de cada temporada de competición, y aquellos que presentan grietas, deformaciones o marcas de impacto previo deben ser retirados de uso.
El traje de competición es la segunda pieza clave del equipamiento. Es ajustado y aerodinámico, similar al del luge, pero en skeleton puede incorporar sistemas de protección integrados en el tejido: almohadillas de absorción de impacto en los hombros, caderas y codos, que son las zonas que primero entran en contacto con las paredes del canal en caso de salida de línea. Algunos fabricantes especializados ofrecen trajes con protecciones de espuma viscoelástica o materiales de última generación que absorben y distribuyen la energía del impacto. El reglamento IBSF establece los materiales prohibidos —no pueden usarse materiales que añadan flotabilidad artificial u ofrezcan ventajas aerodinámicas no contempladas— pero permite un amplio margen en cuanto a sistemas de protección.