John Higgins es uno de los tres jugadores que definen la edad de oro del snooker: junto a Ronnie O’Sullivan y Mark Williams, forma la triada que ha dominado el snooker desde finales de los noventa y que, de manera casi milagrosa, sigue compitiendo a los más altos niveles en la tercera década del siglo XXI. Nacido el 18 de mayo de 1975 en Wishaw, Escocia, sus cuatro títulos mundiales y su consistencia durante tres décadas le sitúan entre los grandes de la historia del deporte.
El jugador más preciso del snooker
Cuando los expertos analizan el juego de John Higgins, hay un elemento que todos destacan por encima de los demás: la precisión de sus cortes de bola. En el snooker, los cortes son golpes en los que la bola blanca impacta en un ángulo oblicuo sobre la bola objetivo para enviarla a una tronera que no está directamente frente a la bola blanca. Cuanto más cerrado es el ángulo, más difícil es el golpe. Higgins ejecuta esos golpes con una precisión que otros jugadores de élite simplemente no alcanzan.
Esa capacidad técnica es la base de su juego: le permite construir breaks en situaciones donde otros jugadores ven obstáculos, y le da opciones de ataque que sus rivales no tienen.
La táctica como herramienta principal
Higgins no es solo un atacante: es también un maestro de la táctica defensiva. Su juego de safety —el arte de dejar a la bola blanca en posiciones desde las que el rival no puede atacar— está entre los más sofisticados del snooker. Sabe cuándo atacar y cuándo no, y esa inteligencia en la gestión del riesgo es lo que le ha permitido ganar partidos y torneos incluso cuando no estaba en su mejor momento de forma.
El snooker es un deporte donde la paciencia y la lectura del partido son tan importantes como la habilidad técnica, y Higgins domina ambas dimensiones.
Los cuatro títulos mundiales: un palmarés de leyenda
Higgins ganó su primer Campeonato del Mundo en 1998, con 22 años, derrotando a Ken Doherty en la final. Los siguientes dos títulos llegaron en 2007 y 2009, en la madurez de su carrera, cuando ya era reconocido como uno de los mejores de su generación.
El cuarto título, en 2018 con 42 años, fue el más sorprendente. A esa edad, la mayoría de los jugadores de snooker están en declive o retirados. Higgins no solo seguía compitiendo sino que ganó el torneo más importante del calendario, derrotando a rivales más jóvenes en cada ronda y demostrando que su nivel no había disminuido.
Tres décadas en la élite
Lo que hace verdaderamente excepcional la carrera de Higgins es su longevidad. Debutó profesionalmente en los años noventa y ha seguido siendo uno de los mejores jugadores del mundo en los años veinte del siglo siguiente: más de treinta años compitiendo al máximo nivel en un deporte que exige una concentración y una precisión extremas.
Esa longevidad no es accidental: es el resultado de una dedicación constante a la mejora, de una capacidad para adaptarse a los cambios del juego y de una fortaleza mental que le ha permitido superar la adversidad y mantenerse relevante cuando otros de su generación han ido retirándose.