Imagina jugar al tejo con discos de oro macizo. Para un observador moderno, la idea parece absurda: el oro es uno de los materiales más caros del mundo, y arrojar barras de oro a un cajón de arcilla sería un despilfarrador espectáculo de riqueza. Pero para los muisca que practicaban el turmequé en la Sabana de Bogotá, esta acción no tenía nada de extravagante. Era perfectamente natural, porque su relación con el oro era radicalmente distinta a la nuestra.
El oro en la cosmovisión muisca
Para los muisca, el oro no era ante todo un metal precioso con valor de cambio. Era un material sagrado, vinculado al sol —la deidad más importante de su panteón— y portador de energía espiritual. Los muisca extraían, fundían y trabajaban el oro con una maestría técnica extraordinaria, pero no para acumularlo como riqueza: lo usaban en ofrendas, en ceremonias, en objetos rituales destinados a los dioses.
El Museo del Oro de Bogotá conserva miles de piezas de orfebrería muisca que ilustran esta cosmovisión. No son objetos de lujo cotidiano: son instrumentos ceremoniales, ofrendas votivas, elementos de un sistema religioso que encontraba en el metal brillante un puente entre el mundo humano y el divino.
Los discos del turmequé
En este contexto, el uso de discos de oro en el turmequé no era un derroche sino un acto de devoción. Lanzar el disco de oro hacia la tierra —hacia el cajón de arcilla con su diana central— podía tener el significado simbólico de ofrenda: el oro volvía a la tierra de la que procedía, en un gesto que honraba al sol y a las deidades muisca.
Las crónicas de los conquistadores españoles que llegaron al territorio muisca en 1537 describieron el juego con fascinación y cierta incomprensión. Veían a los indígenas lanzar objetos de oro —el material que los españoles habían venido a buscar— como si fueran simples piedras de juego. Esta diferencia de percepciones dice más sobre las dos culturas que cualquier análisis histórico formal.
La conquista y la desaparición del oro
Con la llegada de los españoles y la colonización del Nuevo Reino de Granada, el oro muisca pasó a manos de los conquistadores de una forma masiva. Los metales preciosos que los muisca habían trabajado durante siglos —y que para ellos tenían ante todo un valor sagrado— fueron fundidos y enviados a España como moneda o como riqueza colonial.
En este contexto de despojo del oro muisca, es prácticamente seguro que los discos utilizados en el turmequé fueron reemplazados por materiales alternativos. El hierro fundido, mucho más abundante y sin el valor simbólico o económico del oro, era el sustituto natural y funcional. El disco de hierro de 750 gramos que se usa en el tejo moderno es, en cierta medida, el heredero directo de aquellos discos de oro que los muisca lanzaban en la Sabana de Bogotá hace siglos.
Un vínculo con el pasado
Cada vez que un jugador colombiano lanza su disco de hierro hacia el cajón de arcilla, repite inconscientemente un gesto que tiene más de cuatrocientos años de historia documentada y probablemente siglos más de práctica antes de la llegada de los europeos. El material ha cambiado, el nombre ha cambiado, las reglas han evolucionado, pero el gesto esencial —lanzar un disco circular hacia una diana de arcilla— es el mismo que hacían los muisca cuando la Sabana de Bogotá era su hogar.