De todos los elementos que hacen del tejo un fenómeno cultural único, quizás ninguno es tan llamativo para los observadores externos como su relación histórica y social con el consumo de bebidas. El tejo y la chicha —y más recientemente, la cerveza— son en Colombia una pareja tan inseparable como el fútbol y la gradas.
La chicha: la bebida sagrada de los muisca
La chicha es una bebida fermentada elaborada a partir de maíz, cuya historia en los Andes americanos se remonta a miles de años. Para los muisca, la chicha era mucho más que una bebida: tenía un valor ritual y ceremonial, se usaba en ofrendas a las deidades y formaba parte de las celebraciones más importantes del calendario muisca.
Cuando el turmequé —el juego precursor del tejo— se practicaba en contextos festivos y ceremoniales, la chicha era la bebida que acompañaba esas ocasiones. Esta asociación originaria entre el juego y la chicha fue el punto de partida de la relación entre el tejo y el consumo de bebidas que persiste hasta hoy.
La colonia y la transformación
Con la llegada de los españoles y la transformación del turmequé en tejo, la chicha no desapareció de los espacios de juego. Aunque las autoridades coloniales la persiguieron en distintos momentos por considerarla un elemento de resistencia indígena y de desorden social, su consumo continuó de forma más o menos clandestina.
A lo largo del período colonial y del siglo XIX, el tejo se jugaba habitualmente en espacios que eran al mismo tiempo cantinas o tabernas. La lógica era simple: el propietario del terreno de juego obtenía sus ingresos no solo por el alquiler de la cancha sino también por la venta de bebidas. Esta dinámica económica consolidó la asociación entre el juego y el consumo de bebidas de una forma que ya no se ha deshecho.
La cerveza y las teyerías modernas
Con la industrialización de la cerveza en Colombia a finales del siglo XIX y principios del XX, la cerveza se sumó —y en muchos contextos sustituyó— a la chicha como bebida habitual del tejo. Las grandes cerveceras colombianas, especialmente Bavaria, establecieron relaciones comerciales con las teyerías, convirtiéndose en patrocinadoras del deporte a nivel local.
Las teyerías modernas de Bogotá y otras ciudades colombianas son establecimientos que combinan las canchas de tejo con una oferta de cerveza, refrescos y comida. Esta estructura de negocio es perfectamente viable porque los jugadores consumen durante las partidas y porque el ambiente social del tejo incentiva la prolongación de las sesiones más allá del juego en sí.
El tejo como ritual social
Lo que une al tejo con la bebida no es el alcohol en sí sino la función social que ambos cumplen: crear un ambiente de relajación, complicidad y celebración compartida. Una partida de tejo entre amigos o compañeros de trabajo es un ritual de vinculación social que la bebida potencia, del mismo modo que en otros contextos culturales lo haría un café, un té o cualquier otra bebida que se comparte.
El tejo sin ese ambiente festivo existe —en competición oficial, los jugadores rinden sin consumir alcohol—, pero el tejo más auténtico, el de los barrios, las fiestas de pueblo y los sábados de teyería, es el que combina el juego con la celebración. Esa mezcla es parte de su identidad cultural más profunda.