Misty May-Treanor es, por cualquier medida objetiva, la mejor jugadora de voleibol playa de la historia. Sus tres oros olímpicos consecutivos, su récord de 112 partidos seguidos ganados con Kerri Walsh entre 2007 y 2008, y su palmarés de más de cien victorias en torneos del circuito FIVB la sitúan en una dimensión que ninguna otra jugadora ha alcanzado. Pero más allá de los números, May-Treanor encarna un tipo de perfección atlética que resulta fácil de describir y muy difícil de replicar: era la jugadora perfecta para el voleibol playa.
Nacida en 1977 en Long Beach, California, May-Treanor creció literalmente en la playa. Su madre, Barbara Jo Peters, fue tenista profesional, y su padre, Bob May, jugó voleibol playa en el circuito profesional americano. En ese entorno, el voleibol playa no fue una elección para Misty: fue su herencia natural. Desde niña demostró unas condiciones excepcionales para el deporte, y a finales de los años 90 ya era una figura reconocida en el circuito americano. Su encuentro con Kerri Walsh en 2001 fue el punto de inflexión: la complementariedad entre las dos fue inmediata, y en pocos meses formaron la pareja más dominante que el voleibol playa había visto hasta entonces. La primera gran prueba llegó en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, donde ganaron el primer oro de la serie con una actuación impecable que anunció al mundo que el dominio americano en el beach volleyball femenino iba a durar mucho tiempo.
Lo que distinguía a May-Treanor como jugadora era su defensa. En el voleibol playa, la segunda jugadora —la que defiende los remates rivales, se mueve por el campo para recuperar balones imposibles y coloca el balón para que su compañera remate— es la menos visible pero, en muchos sentidos, la más decisiva. May-Treanor era la mejor segunda jugadora que el deporte ha visto: su agilidad, su lectura del juego defensivo y su capacidad para llegar a balones que parecían fuera de alcance convirtieron a la pareja Walsh-May en prácticamente invulnerable. Walsh podía rematar con la confianza de saber que, si la defensa rival devolvía el balón, May-Treanor llegaría. Esa confianza fue el fundamento del dominio de su pareja durante once años.