Hay un momento en la historia del windsurf que quienes lo vivieron recuerdan como irrepetible: las playas de Europa y América llenas de tablas y velas de colores, los primeros profesionales que cobraban por navegar, los vídeos de VHS que se pasaban de mano en mano mostrando riders haciendo cosas imposibles en Maui. Esa era dorada de los años 80 y 90 transformó el windsurf de curiosidad náutica en fenómeno cultural de masas.
El despegue: finales de los 70, principios de los 80
A finales de los años setenta, el windsurf era todavía un deporte joven y relativamente desconocido fuera de California y Hawái. Pero algo estaba cambiando. La combinación de la inclusión olímpica en 1984, el abaratamiento progresivo del equipo y el surgimiento de los primeros riders espectaculares que desafiaban el sentido común en las olas de Maui disparó la popularidad del deporte.
En Europa, el windsurf encontró un terreno fértil especialmente en Alemania, Francia y los Países Bajos. La combinación de costas con viento, una clase media con poder adquisitivo creciente y una cultura de deportes de aventura creó el caldo de cultivo perfecto para el boom. Las escuelas de windsurf se multiplicaron en todas las costas mediterráneas, el Mar del Norte y el Atlántico. En España, Tarifa y las playas canarias se convirtieron en destinos de peregrinaje para miles de practicantes.
El profesionalismo: cuando el windsurf se convirtió en negocio
A principios de los años 80 surgió el circuito profesional. La Professional Windsurfers Association (PWA) se fundó para organizar las competiciones y ofrecer a los mejores riders una estructura de eventos y premios. Era el nacimiento del windsurf profesional: riders que vivían del deporte, patrocinados por marcas como Mistral, Neil Pryde, Gaastra o BIC.
Los contratos de los mejores riders se dispararon. Robby Naish, el primer gran nombre del circuito profesional, llegó a ser uno de los deportistas de acción más reconocibles del mundo. Sus vídeos de windsurf en Maui —rodados en las condiciones más extremas del planeta, con olas de seis metros y vientos huracanados— eran consumidos ávidamente por una generación de windsurfistas que querían saber qué era posible sobre una tabla.
El fenómeno en números: millones de practicantes
En la cima de la era dorada, a mediados de los años 80, se estima que había más de 10 millones de windsurfistas en el mundo. En Alemania, el windsurf era el segundo deporte acuático más practicado después de la natación. En Francia, la costa atlántica y el Mediterráneo estaban literalmente llenas de velas de colores cada fin de semana soleado y ventoso.
Los fabricantes de equipo no daban abasto. Mistral, BIC, F2, Fanatic, JP Australia: docenas de marcas competían en un mercado en expansión. Las tiendas de windsurf proliferaban en las ciudades costeras de Europa y América. Los campings junto al mar ofrecían alquiler de material. El windsurf era accesible, moderno y emocionante: la combinación perfecta para el espíritu de los 80.
La evolución del material: del boom a la especialización
Durante los años 80, el material de windsurf evolucionó a una velocidad vertiginosa. Al principio del boom, las tablas eran largas, voluminosas y relativamente lentas. A medida que los riders más avanzados querían más velocidad y más capacidad de maniobra, los diseñadores comenzaron a acortar y estrechar las tablas, a reducir el volumen y a experimentar con nuevas formas.
El gran salto fue el planing. Las nuevas tablas cortas y estrechas permitían entrar en planing con vientos moderados y navegar a velocidades que las tablas largas no podían alcanzar. Pero también eran mucho más difíciles de manejar: en parado, sin planing, una tabla corta se hunde. El rider tiene que entrar inmediatamente en planing o cae al agua.
Esta evolución dividió el mercado: las tablas largas para principiantes e intermedios que querían seguir disfrutando con poco viento, y las tablas cortas para riders avanzados que querían velocidad y maniobra. La especialización por disciplina —slalom, wave, freestyle— también comenzó en esta época.
El declive: el kitesurf y la curva de aprendizaje
A mediados de los años 90, la popularidad del windsurf comenzó a declinar. Las razones fueron varias: el equipo seguía siendo caro y difícil de transportar, la curva de aprendizaje inicial era alta, y el kitesurf —que surgió a finales de los 90— ofrecía una alternativa percibida como más espectacular y, en muchos aspectos, más fácil de aprender.
El windsurf no desapareció. Siguió siendo un deporte vibrante con una comunidad apasionada, buenos riders y grandes competiciones. Pero nunca recuperó los números de participación masiva de su era dorada. Hoy, con la revolución del foil, el deporte vive un nuevo renacimiento técnico aunque probablemente nunca vuelva a tener la presencia de masas de los 80.