La apertura es la primera de las tres fases clásicas de una partida de ajedrez, junto con el mediojuego y el final. Comienza con el primer movimiento y se extiende hasta que las principales piezas han sido desarrolladas y el rey está en seguridad. El objetivo de la apertura no es atacar directamente al rey rival, sino preparar el terreno para el mediojuego: colocar las piezas en posiciones activas, controlar las casillas centrales y crear una estructura de peones equilibrada o ventajosa.
Los principios clásicos de la apertura fueron sistematizados por los grandes pedagogos del ajedrez del siglo XIX y XX. Wilhelm Steinitz, considerado el primer campeón del mundo oficial, fue pionero en articular la importancia del control del centro y del desarrollo armónico de las piezas frente al ataque prematuro. Sus ideas sentaron las bases de la teoría moderna de apertura. Más adelante, la escuela hipermoderna —con jugadores como Nimzovich y Réti— propuso controlar el centro desde la distancia, con piezas en lugar de peones, ampliando el repertorio de posibilidades.
Hoy en día, la teoría de aperturas es uno de los campos más desarrollados del ajedrez. Los preparadores de los grandes maestros dedican enormes esfuerzos al estudio de líneas teóricas concretas, y los motores de ajedrez han expandido el conocimiento hasta movimientos 30 o 40 en algunas variantes. Para los jugadores principiantes, sin embargo, lo más importante no es memorizar variantes sino entender y aplicar los principios básicos: desarrollar, controlar el centro, enrocar y no mover la misma pieza dos veces en la apertura sin razón poderosa.