En el olimpismo, hay pocas cosas más contrarias al espíritu de los Juegos que intentar perder. Pero en agosto de 2012, en el Excel London Arena, eso fue exactamente lo que ocho jugadoras de bádminton intentaron hacer, y el espectáculo que ofrecieron fue tan bochornoso que el árbitro tuvo que advertirlas varias veces ante un público que las abucheaba sin parar.
El incentivo perverso
Para entender qué ocurrió, hay que entender el formato de competición que usó el bádminton en aquellos Juegos. En la fase de grupos, los equipos se clasificaban para la fase eliminatoria. El problema era que el cuadro de la eliminatoria se diseñaba de manera que las primeras de grupo se enfrentaban antes a las segundas de otros grupos, y viceversa.
En la práctica, esto creó una situación absurda: dependiendo de qué resultados se produjeran en otros grupos, quedar segunda de grupo podía dar acceso a un camino más fácil hasta la final que quedar primera. Algunas equipos hicieron el cálculo y llegaron a la misma conclusión: les convenía perder.
Lo que vio el público
El partido entre China y Corea del Sur el 31 de julio fue el primero en encender las alarmas. Las jugadoras servían fuera deliberadamente, cometían errores básicos que ninguna profesional cometería, golpeaban el volante hacia la red sin ningún intento de corregirlo. El árbitro interrumpió el partido y les advirtió formalmente. Siguieron igual.
El público del Excel London Arena, que había pagado su entrada esperando ver un deporte olímpico de élite, empezó a abuchear. Los comentaristas de televisión no daban crédito. En otros grupos, la misma situación se repitió con parejas de Indonesia y de la propia Corea del Sur.
Al final del día, ocho jugadoras de tres países distintos habían participado en lo que la Federación Internacional de Bádminton calificó de “conducta contraria al espíritu deportivo”.
La descalificación y el debate
Al día siguiente, la BWF descalificó a todas las implicadas. Fue una decisión histórica: nunca antes tantos atletas habían sido expulsados de unos Juegos Olímpicos en un solo día por una causa similar.
El debate que siguió fue intenso. ¿Eran las jugadoras las culpables, o lo era el sistema de competición que había creado ese incentivo perverso? Muchos entrenadores y analistas señalaron que la federación había diseñado un formato que hacía racionalmente inteligente perder, y que castigar a las jugadoras por actuar de manera racional era injusto.
La BWF revisó el sistema para eliminar los incentivos perversos. Pero el daño al deporte ya estaba hecho: las imágenes de aquellos partidos, con jugadoras sirviendo a propósito fuera mientras el público abucheaba, dieron la vuelta al mundo y alimentaron durante años la percepción de que el bádminton olímpico podía ser manipulado.
Lo más irónico de todo: ninguna de las equipas descalificadas terminó ganando la medalla de oro. El proceso de cálculo estratégico que tanto les costó acabó siendo completamente inútil.