El esquí de fondo es la columna vertebral del biatlón. Sin él, el deporte no existiría tal como lo conocemos: la alternancia entre el esfuerzo aeróbico intenso del esquí y la exigencia de precisión del tiro es precisamente lo que hace al biatlón una disciplina única y exigente. Los biatletas son atletas de fondo de primer nivel, capaces de mantener velocidades altas durante decenas de minutos consecutivos sobre nieve compactada o groomed.
La técnica de esquí determina en gran medida el resultado de una carrera. En las competiciones de élite, los mejores especialistas del esquí pueden marcar diferencias de minutos respecto a los más lentos en recorridos de 20 km, lo que hace imposible compensar esa desventaja solo con un tiro impecable. Por ello, los biatletas dedican la mayor parte de su preparación física al desarrollo de la capacidad aeróbica, la potencia de brazos y la eficiencia técnica sobre los esquís.
El equipamiento de esquí en biatlón sigue las mismas normas que en el esquí de fondo de competición: esquís estrechos y ligeros, botas específicas de carrera y bastones largos. La única particularidad es que el biatleta lleva el rifle a la espalda durante todo el recorrido, lo que añade entre 3 y 4 kilogramos extra y obliga a adaptar ligeramente la postura y el equilibrio durante el esquí.