Cuando pensamos en el legado cultural del Imperio Romano, pensamos en el derecho, el latín, la arquitectura, las carreteras. Pocas veces pensamos en las bochas. Sin embargo, hay una línea histórica trazable entre los soldados que lanzaban piedras en los campamentos de la Galia hace dos mil años y los jubilados que juegan a la pétanque en las plazas de Provenza hoy.
Los romanos y sus juegos de bolas
El ocio era una parte fundamental de la vida romana, y los juegos físicos eran una de sus expresiones más populares. Los romanos jugaban a múltiples variantes de juegos con bolas y piedras, descritos en las fuentes latinas con términos como pilae (bolas), harpastum (un juego de equipo con una bola pequeña) y diversas variantes de lanzamiento de objetos hacia objetivos.
El escritor romano Marcial, en sus Epigramas del siglo I d.C., menciona los juegos de bolas como una actividad cotidiana de recreo. Suetonio, en su Vida de los Doce Césares, describe cómo el emperor Augusto era aficionado a los juegos de bolas que practicaba con sus nietos. Plinio el Viejo menciona los juegos de pelota como actividad saludable recomendada por los médicos romanos.
Pero los textos más relevantes para entender la conexión con las bochas hablan de juegos en los que la destreza consistía en lanzar una bola lo más cerca posible de un punto de referencia o en golpear una bola objetivo. Esa descripción es básicamente la esencia de las bochas.
Los campamentos militares como laboratorio cultural
Las legiones romanas eran máquinas de conquista pero también agentes de difusión cultural. Un ejército romano típico incluía miles de soldados procedentes de regiones diversas del Imperio —itálicos, galos romanizados, hispanos, griegos, africanos— que convivían durante meses y años en los campamentos.
En esos campamentos, el tiempo libre entre campañas se llenaba con actividades que mantuvieran la moral y la condición física de los soldados. Los juegos físicos de lanzamiento y precisión eran perfectos para este propósito: no requerían equipamiento especializado (unas piedras bien elegidas eran suficientes), podían jugarse en el espacio del campamento y mantenían activas las habilidades de coordinación y precisión de los soldados.
Cuando las legiones se asentaban en un territorio conquistado durante meses o años (lo que ocurría frecuentemente durante la romanización de la Galia, Hispania o Britania), los juegos de los soldados se transmitían a la población local. Los pueblos galos, hispanos y britanos no solo aprendían el latín y adoptaban la arquitectura romana: también aprendían a jugar con bolas.
De las piedras romanas a la bocce moderna
El camino desde las piedras que lanzaban los soldados de Julio César hasta las bolas de acero de la pétanque moderna es largo y tortuoso, pero los historiadores del deporte pueden trazar los eslabones principales.
Tras la caída del Imperio Romano, los juegos de bolas sobrevivieron como tradiciones populares locales en distintas regiones de Europa, adaptándose a los materiales disponibles (piedras locales, luego madera torneada) y a las reglas que cada comunidad establecía. En Italia, esas tradiciones locales convergieron en lo que se llamaría bocce; en Francia, en los juegos de boules y el jeu provençal; en Inglaterra, en el bowls.
La continuidad cultural no es directa ni documentada con precisión, pero los arqueólogos y los historiadores del deporte señalan que la distribución geográfica de los juegos de bolas en Europa coincide notablemente con el mapa de la expansión del Imperio Romano: donde más penetró la romanización, más arraigaron los juegos de bolas.
Una cadena de dos mil años
La próxima vez que alguien lance una bola de pétanque en una plaza provenzal o juegue a la bocce en un parque de Brooklyn, está participando en una tradición que, aunque transformada, mantiene un hilo de continuidad con los soldados que lanzaban piedras en los campamentos romanos de la Galia. No es una exageración: es historia del deporte.