Las mujeres llevan peleando desde que existe el boxeo, pero el mundo oficial ha tardado más de un siglo en reconocerlo. La historia del boxeo femenino es la historia de un deporte que tuvo que abrirse paso contra la prohibición, el ridículo y la indiferencia institucional antes de conquistar el podio olímpico en 2012 y demostrar que el talento no entiende de género.
Los orígenes prohibidos: siglos XVIII y XIX
Las primeras referencias documentadas a combates femeninos de boxeo datan del siglo XVIII en Inglaterra, donde las mujeres de clases bajas peleaban en ferias y tabernas como espectáculo de entretenimiento. Estos combates eran rudimentarios, a menudo humillantes para las participantes, y estaban muy lejos de la idea del boxeo como deporte. Pero existían, y demostraban que el deseo de competir no tenía fronteras de género.
A lo largo del siglo XIX, cuando el boxeo masculino fue ganando respetabilidad con la adopción de las Reglas del Marqués de Queensberry, el femenino fue moviéndose en dirección contraria: hacia la ilegalidad y el ostracismo social. Las autoridades médicas de la época argumentaban —sin evidencia científica seria— que el boxeo era peligroso para el útero femenino y que las mujeres que lo practicaban ponían en riesgo su capacidad reproductiva. Estas ideas eran absurdas, pero tuvieron consecuencias reales durante décadas.
El siglo XX: pioneras en las sombras
A pesar de las prohibiciones, el boxeo femenino sobrevivió en los márgenes durante todo el siglo XX. En las décadas de 1940 y 1950 existían circuitos de exhibición en Estados Unidos donde las mujeres peleaban, aunque sin reconocimiento oficial. La transformación empezó en los años 70, de la mano del feminismo de segunda ola y de la lucha general por la igualdad en el deporte. La Ley del Título IX de 1972 en Estados Unidos, que prohibía la discriminación sexual en los programas educativos financiados con fondos federales, abrió la puerta al boxeo femenino universitario e impulsó la demanda de reconocimiento oficial.
El gran momento de visibilidad llegó en los años 90 cuando los estados americanos comenzaron a regular y legalizar el boxeo femenino profesional, y cuando la AIBA reconoció el deporte internacionalmente en 1994. Ese mismo año se celebró el primer Campeonato Mundial Amateur Femenino, en Utah.
Laila Ali y la explosión mediática
A principios de los años 2000, el boxeo femenino recibió un impulso de visibilidad sin precedentes gracias a Laila Ali, hija de Muhammad Ali. Laila era una fuerza de la naturaleza en el ring: poderosa, técnica y carismática, con el nombre más famoso del boxeo en su apellido. Su rivalidad con Jacqui Frazier-Lyde, hija de Joe Frazier, reprodujo en clave femenina una de las grandes rivalidades de la historia del boxeo. Su combate en 2001 fue el más visto en la historia del boxeo femenino hasta ese momento.
Laila Ali se retiró invicta con 24 victorias. Más importante aún, su presencia mediática normaliz el boxeo femenino para una generación que antes ni lo conocía.
Londres 2012: el podio olímpico por fin
La inclusión del boxeo femenino en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 fue el resultado de décadas de presión y de un cambio cultural que ya no podía ignorarse. En las tres categorías disputadas —moscas, ligero y medianas—, el nivel fue extraordinario. La americana Claressa Shields, de apenas 17 años, ganó el oro en medianas y se convirtió en la primera boxeadora olímpica de la historia de su país. Katie Taylor de Irlanda hizo lo propio en la categoría de ligero, consagrándose como la mejor boxeadora del mundo amateur.
Desde 2012, el boxeo femenino ha crecido de manera sostenida tanto en el nivel amateur como en el profesional. Shields ha ganado múltiples títulos mundiales en varias categorías. Taylor domina el profesionalismo de ligero con una autoridad que pocas veces se ha visto. La pelea por la igualdad salarial y la cobertura mediática continúa, pero el reconocimiento de que el boxeo femenino es un deporte de primera línea es ya irreversible.