Hay tres carreras por etapas que definen el ciclismo de élite: el Tour de France, el Giro de Italia y la Vuelta a España. Mientras que el Tour tiene el glamour mediático y el Giro tiene la tradición y el romanticismo, la Vuelta ha construido en las últimas décadas una identidad propia como la carrera más difícil y exigente del calendario, el lugar donde los grandes finales de temporada se deciden con los pulmones y las piernas al límite.
Los orígenes y los años fundacionales
La primera Vuelta a España se celebró del 29 de abril al 4 de mayo de 1935, organizada por el diario madrileño Informaciones siguiendo el modelo del Tour de France y del Giro. Participaron 50 ciclistas, entre ellos varios extranjeros, y el recorrido cubrió 3.423 kilómetros repartidos en catorce etapas. El ganador fue el belga Gustaaf Deloor, que repetiría el año siguiente.
La Guerra Civil española (1936-1939) interrumpió la carrera antes de que pudiera establecerse como evento regular. Cuando se retomó en 1941, lo hizo en un contexto político y económico muy diferente: la España de la posguerra franquista, con la carrera convertida en un escaparate propagandístico del régimen. Durante las décadas de los 40 y 50, la Vuelta era fundamentalmente una carrera española para ciclistas españoles, con escasa proyección internacional.
La internacionalización y los grandes campeones extranjeros
La Vuelta empezó a abrirse al mundo en los años 60 y 70. La llegada de Jacques Anquetil (primer extranjero en ganar la Vuelta en 1963), seguida de Eddy Merckx (1973) y Bernard Hinault (1978, 1983), elevó el nivel de la carrera y la puso en el mapa internacional. En los años 80, el duelo entre los españoles Pedro Delgado y Álvaro Pino con los extranjeros por el dominio de la carrera generó algunas ediciones muy emocionantes.
El suizo Tony Rominger dominó la Vuelta a principios de los 90 con tres victorias consecutivas (1992, 1993, 1994), estableciendo el estándar de lo que significaba ganar la carrera en la era moderna. A finales de los 90 y principios de los 2000, el español Roberto Heras se convirtió en el corredor más laureado de la historia de la prueba, aunque su palmarés quedó empañado por el dopaje.
El recorrido y sus montañas míticas
Lo que distingue a la Vuelta en el calendario moderno es la dificultad de sus etapas de montaña y la variedad geográfica de sus escenarios. Los Lagos de Covadonga en Asturias, la Sierra Nevada en Andalucía, la Angliru en Asturias (con rampas de hasta el 23,5% de pendiente, considerada por muchos el puerto más duro de la historia del ciclismo profesional), la Colla de la Gallina en Andorra, los Pirineos en su frontera con Francia: la Vuelta tiene algunos de los finales en alto más exigentes de todo el ciclismo.
El Angliru, incluido en el recorrido desde 1999, es el ejemplo más extremo: sus 12,5 kilómetros con rampas que superan el 20% en varios tramos han provocado imágenes memorables de corredores que parecen ir más despacio de lo que un hombre puede andar. En 2002, Roberto Heras ganó en el Angliru bajo una lluvia torrencial en una de las exhibiciones de escalada más brutales de la historia del ciclismo.
La Vuelta en el siglo XXI: una grande de primer orden
En las últimas dos décadas, la Vuelta ha consolidado su estatus como la tercera gran vuelta en igualdad de condiciones con el Tour y el Giro. Los mejores corredores del mundo participan habitualmente: Chris Froome, Alberto Contador, Nairo Quintana, Vincenzo Nibali y Primoz Roglic —tres veces ganador consecutivo entre 2019 y 2021— son algunos de los campeones del siglo XXI. La Vuelta se celebra en agosto y septiembre, cerrando la temporada de las grandes vueltas, y su posición en el calendario la convierte en la última oportunidad del año para la gloria en las carreteras.