Miguel Induráin Larraya, nacido el 16 de julio de 1964 en Villava (Navarra), es el ciclista español más laureado de la historia y uno de los más grandes de todos los tiempos. Corredor silencioso, metódico y de una potencia aeróbica extraordinaria, Induráin dominó el ciclismo mundial durante la primera mitad de los años noventa de una forma que todavía no ha sido igualada en el deporte.
Los cinco Tours de Francia consecutivos (1991-1995)
La hazaña que define la carrera de Induráin es la conquista de cinco Tours de Francia de forma ininterrumpida entre 1991 y 1995. Antes que él, solo tres ciclistas habían ganado cinco Tours en total: Jacques Anquetil, Eddy Merckx y Bernard Hinault. Pero ninguno lo había conseguido de forma consecutiva en tiempos modernos con la presión mediática y la dureza de los pelotones de los noventa.
Su estrategia era siempre la misma: controlar la carrera, evitar las pérdidas de tiempo en montaña y destruir a los rivales en las contrarrelojes. En las grandes etapas de montaña, Induráin no atacaba para ganar en solitario: dejaba ir a los atacantes, marcaba a los peligrosos y respondía cuando era necesario. Era un corredor que ganaba carreras más que etapas.
Las contrarrelojes eran su verdadero terreno. Induráin podía sacar tres, cuatro o cinco minutos a sus rivales más directos en una sola prueba contra el reloj, diferencias que en la montaña era prácticamente imposible recuperar. Nadie en el pelotón de aquella época podía competir con él en este aspecto.
Los Giros de Italia de 1992 y 1993
Además de los Tours, Induráin ganó el Giro de Italia en 1992 y 1993, convirtiéndose en uno de los pocos ciclistas en ganar ambas grandes vueltas europeas en el mismo año (1992 y 1993). El Giro añadía otro nivel de dificultad a su primavera: tras terminar el Giro, debía llegar al Tour en condiciones óptimas semanas después, algo que requería una planificación deportiva y una capacidad de recuperación excepcionales.
La combinación Giro-Tour en el mismo año es considerada por muchos como la prueba máxima de un ciclista de grandes vueltas. Induráin lo logró dos temporadas seguidas.
El récord de la hora (1994)
En septiembre de 1994, Induráin viajó a la pista cubierta de Burdeos para atacar el récord de la hora, una de las pruebas más puras del ciclismo: ¿cuántos kilómetros puede recorrer un ciclista solo, sin rivales ni estrategia de equipo, en exactamente 60 minutos? Aquel día, Induráin pedaló durante una hora a una velocidad media que le permitió cubrir 53,040 kilómetros, superando el récord anterior. Fue una demostración sin ambages de su potencia aeróbica excepcional y dejó una marca que resistió el paso del tiempo.
El oro olímpico de Atlanta 1996
En los Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996, Induráin se enfrentó a la prueba de contrarreloj individual. Con 32 años y en un año en que su forma no era la de los grandes momentos de su carrera, fue capaz de conquistar la medalla de oro olímpico, completando así uno de los palmarés más extraordinarios del ciclismo de todos los tiempos. Atlanta fue, en cierto modo, su despedida como campeón: a finales de 1996 se retiró del ciclismo profesional.
Su estilo: potencia, serenidad y contrarreloj
Induráin combinaba varias cualidades que en la historia del ciclismo raramente aparecen juntas en un solo corredor. Su capacidad aeróbica era fisiológicamente excepcional: su volumen de consumo máximo de oxígeno y la eficiencia de su sistema cardiovascular eran datos que, según se ha contado, asombraban a los médicos deportivos. Su pulsómetro en reposo era extraordinariamente bajo, y en pleno esfuerzo escalando un puerto de montaña su frecuencia cardíaca se mantenía dentro de rangos que la mayoría de los atletas de élite solo alcanzan en esfuerzos moderados.
Su carácter era tan notable como sus condiciones físicas. Induráin nunca buscó el protagonismo mediático, nunca atacó por vanidad ni por la etapa, y raramente mostró la menor señal de debilidad ante los rivales. Era un deportista austero, de pocas palabras y máxima concentración.
El legado y su figura en Navarra
Induráin no solo cambió el ciclismo español: lo transformó en un deporte de masas en todo el país durante la primera mitad de los años noventa. En Navarra, su tierra natal, su figura tiene una dimensión casi mítica. El velódromo de Pamplona lleva su nombre, se han erigido monumentos en su honor, y su pueblo natal de Villava lo ha celebrado como uno de los grandes de la historia deportiva española.
Su legado en el ciclismo mundial es igualmente sólido. Induráin representa una manera de dominar el Tour que no ha vuelto a repetirse con la misma frialdad y eficacia: cinco años, cinco victorias, cero dudas.