Antes de que existiera el «esquí freestyle», antes de que hubiera Globos de Cristal y medallas olímpicas, había algo llamado hot-dog skiing. Era más actitud que deporte, más rebeldía que competición, y surgió en las pistas de nieve norteamericanas de los años 60 y 70 como una reacción contra el esquí convencional y sus reglas.
El origen del nombre
En el argot americano de los años 60, un «hot-dogger» era alguien que presumía de sus habilidades, que llamaba la atención con exhibiciones ostentosas. El término se aplicó naturalmente a los esquiadores que empezaron a ejecutar acrobacias y maniobras espectaculares fuera de los circuitos de competición establecidos: bajaban por los moguls con un estilo propio y exagerado, intentaban saltos en las rampas naturales de las laderas, y demostraban una actitud desafiante hacia el esquí alpino establecido.
Los «hot-doggers» eran la versión nevada de los surfistas o los skaters de la época: jóvenes que encontraban en un deporte convencional un espacio para la expresión personal y la rebeldía estética.
Las tres escuelas del hot-dog skiing
El hot-dog skiing tenía tres especialidades distintas, que más adelante se convertirían en las tres modalidades originales del freestyle:
Mogul skiing: descender por la montaña absorbiendo y aprovechando los baches de nieve (moguls) con un estilo propio, fluido y creativo. La competición de moguls premiaba la técnica, la velocidad y los saltos ejecutados en las rampas integradas en la pista.
Acrobatics (o aerials): realizar saltos y acrobacias desde rampas naturales o construidas. Los hot-doggers más valientes intentaban back flips, front flips y combinaciones de giros nunca antes intentados sobre esquís.
Ballet: ejecutar coreografías sobre nieve, con giros, pivotes y figuras que combinaban la gimnasia artística con el esquí. El ballet fue la modalidad más «artística» del hot-dog skiing y, paradójicamente, la única que no sobrevivió al proceso de institucionalización.
Las figuras del movimiento
Varios esquiadores se convirtieron en leyendas del hot-dog skiing original. Wayne Wong, de Vancouver, fue uno de los primeros mogulistas que alcanzó notoriedad mediática con su estilo agresivo y técnico. Scott Brooksbank fue campeón en las primeras competiciones formalizadas. En Europa, esquiadores como Lloyd Langlois de Canadá mostraron que el movimiento no era exclusivamente americano.
Un nombre especialmente relevante es el de Stein Eriksen, el esquiador noruego que ganó el oro olímpico en slalom gigante en 1952 y que durante las décadas siguientes popularizó el back flip en las estaciones americanas donde trabajó como director de esquí. Eriksen fue el primer «celebrity» del esquí acrobático, décadas antes de que el término freestyle existiera.
Las primeras competiciones
Las primeras competiciones formalizadas de hot-dog skiing se celebraron a partir de 1966, principalmente en estaciones de Nueva Inglaterra y Colorado. Waterville Valley (New Hampshire) fue una de las primeras sedes, y el promotor Tom Leroy fue clave en la organización de estos primeros eventos.
No había reglas claras: los jueces valoraban la impresión general, la dificultad percibida y el estilo. La ausencia de un sistema de puntuación formal era parte del carácter contracultural del movimiento.
La institucionalización y el fin del hot-dog
A finales de los años 70, el hot-dog skiing estaba en un punto de inflexión. Su popularidad era creciente pero también lo eran las preocupaciones sobre la seguridad: los saltos improvisados, la falta de protecciones y el entrenamiento informal de muchos practicantes generaban accidentes. La FIS vio la oportunidad de institucionalizar el deporte y ganar una nueva audiencia.
En 1979, la FIS reconoció oficialmente el esquí freestyle y estableció los primeros reglamentos formales. En ese momento, «hot-dog skiing» comenzó a ser sustituido por «freestyle skiing» en el vocabulario oficial. El espíritu rebelde quedó, pero con un marco de reglas que garantizaba la seguridad y la competición ordenada.
Los hot-doggers de los 70 miran hoy el esquí freestyle olímpico con una mezcla de orgullo y nostalgia. Orgullo porque lo que empezaron como una broma audaz se ha convertido en un deporte global de primer nivel. Nostalgia porque aquellos primeros años en las laderas de Vermont y Colorado tenían una libertad y una autenticidad que las competiciones olímpicas, por necesidad, nunca podrán reproducir del todo.