Para entender el esquí freestyle hay que remontarse a una época de convulsión cultural en Norteamérica. Los años 60 y 70 fueron décadas de cuestionamiento de lo establecido, de búsqueda de nuevas formas de expresión, y ese espíritu también llegó a las montañas nevadas. El freestyle nació como una rebelión dentro de las pistas de esquí.
El esquí alpino convencional y sus límites
A mediados del siglo XX, el esquí de competición estaba completamente dominado por el esquí alpino en sus tres variantes: descenso, eslalon y eslalon gigante. El objetivo era claro y único: bajar lo más rápido posible entre unas puertas de slalom o por una pendiente de descenso. La creatividad, las acrobacias y la expresión individual no tenían cabida en este modelo.
Paralelamente, el esquí de fondo tenía su propia cultura nórdica, igualmente estructurada y formal. Para un joven americano de los años 60 que sentía el impulso de hacer algo diferente en la montaña, las opciones dentro del esquí reglado eran escasas.
Los hot-doggers: esquiadores sin reglas
En este contexto surgió espontáneamente el movimiento que más tarde se conocería como «hot-dog skiing». Los hot-doggers eran jóvenes esquiadores, principalmente de las estaciones de Vermont, Colorado y California, que comenzaron a explorar lo que podían hacer más allá de la pista homologada.
En los moguls, descubrieron que los baches naturales que se formaban por el tráfico de esquiadores eran una oportunidad para expresarse: los mejores podían bajar por ellos con un estilo propio, absorbiendo y proyectando el cuerpo de formas creativas. En los saltos naturales de las laderas, empezaron a intentar acrobacias: giros hacia atrás (back flips), rotaciones laterales, combinaciones cada vez más arriesgadas.
En las pistas más suaves surgió el «esquí ballet» o «acroski»: una práctica cercana a la gimnasia artística sobre esquís, con movimientos lentos y elegantes, saltos, giros y figuras coreografiadas sobre pistas de nieve suave. Aunque hoy el ballet de esquí ya no es olímpico (fue retirado del programa en 1992), fue durante décadas una de las tres modalidades reconocidas del freestyle.
El papel de los primeros pioneros
Algunos nombres son clave en la historia del freestyle primitivo. Herman Goellner y Art Furrer, esquiadores suizos de los años 50 y 60, fueron de los primeros en documentar acrobacias sobre esquís en películas. En Norteamérica, Stein Eriksen, el esquiador noruego que se convirtió en leyenda en los Alpes de Vermont, popularizó el back flip entre esquiadores americanos en los años 50, convirtiéndose en una figura de culto.
Pero fue en los años 70 cuando el movimiento tomó forma propia. Nombres como Wayne Wong, Greg Athans o Scott Brooksbank son los padres del freestyle moderno, esquiadores que compitieron en las primeras competiciones organizadas de hot-dog skiing y que llevaron las acrobacias a cotas de dificultad nunca vistas.
Las primeras competiciones formales
La primera competición organizada de lo que podríamos llamar esquí freestyle se celebró en Waterville Valley, New Hampshire, en 1966. El evento fue organizado por el esquiador y empresario Tom Leroy y combinaba moguls, acrobacias y ballet. No había reglas formales: ganaba quien causaba mayor impresión al público y al jurado informal.
A lo largo de los 70, las competiciones de hot-dog skiing se multiplicaron por todo Norteamérica. La USSA (United States Ski Association) empezó a monitorizar el movimiento con cierta preocupación por la seguridad, pero también con el interés de institucionalizar algo que claramente tenía una audiencia creciente. En 1979, la FIS reconoció oficialmente el esquí freestyle como una disciplina de competición, abriendo el camino hacia el deporte organizado que conocemos hoy.
El espíritu que quedó
El freestyle nació rebelde y ese espíritu nunca le ha abandonado del todo. Incluso hoy, cuando el halfpipe y el slopestyle son disciplinas olímpicas con reglamentos detallados y millones de espectadores, los mejores atletas mantienen una actitud de innovación constante que recuerda directamente a aquellos hot-doggers de los 70 que bajaban por los moguls de Vermont buscando expresar algo que el esquí alpino no les permitía.