En los primeros años de la Fórmula 1, la muerte era una compañera de viaje habitual. Los pilotos de los años 50 y 60 sabían que cada temporada podían perder a un amigo, a un compañero de equipo, a un rival que admiraban. Lo aceptaban con una mezcla de fatalismo y valentía que hoy resulta casi incomprensible. La historia de la seguridad en la F1 es, en realidad, la historia de cómo el deporte aprendió —dolorosamente— que la valentía y el espectáculo no debían costar vidas.
La primera temporada del Campeonato del Mundo, en 1950, ya estuvo marcada por la peligrosidad extrema. Los circuitos de la época eran carreteras públicas con paja como protección, sin zonas de escape ni barreras de seguridad. Los monoplazas no tenían cinturón de seguridad —se consideraba que era más peligoso quedar atrapado que salir despedido— y los tanques de combustible eran de aluminio ligero susceptible de explotar en cualquier impacto.
La década negra: los años 60
Los años 60 fueron los más oscuros en términos de mortalidad. Pilotos como Eugenio Castellotti (1957), Luigi Musso (1958), Peter Collins (1958), Stuart Lewis-Evans (1958), Chris Bristow y Alan Stacey (ambos en Spa 1960) o Lorenzo Bandini (1967 en Mónaco) murieron en circuito. Spa-Francorchamps, con sus largas rectas y las condiciones climáticas impredecibles de las Ardenas, era especialmente temido.
La resistencia al cambio era enorme. Los promotores de circuitos no querían gastar en protecciones; los propietarios de equipos consideraban que ralentizar los coches era inaceptable; algunos pilotos —los más veteranos— temían que la seguridad los hiciera parecer cobardes. Fue la generación de Jackie Stewart, que sufrió el accidente de Spa en 1966 y quedó atrapado en su coche durante 25 minutos mientras la gasolina le empapaba, la que cambió la cultura del paddock.
Stewart y la revolución de la seguridad
Jackie Stewart no fue solo un triple campeón del mundo; fue el primer gran activista de la seguridad en la Fórmula 1. Junto al piloto belga Jacky Ickx y al médico de carrera Dr. Sidney Watkins, presionó para que se modificaran circuitos, se instalaran barreras, se establecieran protocolos médicos y se rediseñaran los coches. Su campaña le costó el apoyo de parte del establishment del motor, pero salvó vidas.
Durante los años 70 y 80, las mejoras fueron constantes pero insuficientes para eliminar completamente los accidentes mortales. Niki Lauda sobrevivió al terrible accidente del Nürburgring en 1976 gracias a la intervención de otros pilotos y a una constitución física excepcional; sus quemaduras marcaron para siempre la discusión sobre la seguridad en el Nordschleife.
El punto de inflexión: Imola 1994
El fin de semana del Gran Premio de San Marino de 1994 en Imola fue el más trágico de la historia moderna de la F1. El jueves, Rubens Barrichello sufrió un accidente grave en clasificación. El sábado, Roland Ratzenberger murió en un accidente en vuelta rápida. El domingo, Ayrton Senna —el mejor piloto de su generación— murió tras un accidente en la curva Tamburello en la séptima vuelta.
El impacto fue devastador. La Fórmula 1 no podía ignorar que su deporte seguía matando a sus protagonistas. La FIA, bajo el nuevo liderazgo de Max Mosley, estableció un Grupo de Expertos en Seguridad y comenzó una reforma radical: zanjas de gravilla y luego asfalto en las zonas de escape, barreras SAFER de espuma, modificaciones de los cockpits, introducción de los sistemas HANS (cabeza y cuello), mejoras en los cascos y reforma integral de los circuitos.
El HALO y la era ultra-segura
Desde la muerte de Senna hasta hoy, no ha fallecido ningún piloto en carrera en la F1. El dispositivo que representa mejor la era moderna de la seguridad es el HALO: un arco de titanio de nueve kilogramos capaz de soportar 12 toneladas de carga que protege la cabeza del piloto ante objetos volantes, vuelcos y colisiones laterales. Su introducción en 2018 generó controversia estética —muchos lo consideraban feo e innecesario—, pero sus defensores quedaron completamente vindicados en Bahrein 2020, cuando Romain Grosjean sobrevivió a un accidente en el que su coche se partió en dos y quedó en llamas, y en Silverstone 2022, cuando protegió a Zhou Guanyu en un vuelco espectacular.
La Fórmula 1 sigue siendo un deporte peligroso. Pero el camino recorrido desde los circuitos de la muerte de los años 60 hasta el HALO representa uno de los avances en seguridad deportiva más extraordinarios de la historia.