Los primeros automóviles y las primeras carreras
La historia de la Fórmula 1 comienza con la historia del automóvil. Cuando Karl Benz patentó su Motorwagen en 1885 y los primeros vehículos de motor de combustión interna comenzaron a rodar por las carreteras europeas, no tardó mucho en surgir la competición. Los humanos habíamos competido a caballo durante milenios; hacerlo con máquinas era la extensión lógica de ese instinto.
La primera competición automovilística formal fue la carrera Paris-Rouen de 1894, organizada por el periódico Le Petit Journal. Participaron 102 vehículos en la fase clasificatoria, aunque solo 21 tomaron la salida. El recorrido era de 126 kilómetros y el vencedor fue Albert Lemaître en un Peugeot, con una velocidad media de apenas 17 km/h. No era velocidad pura lo que se valoraba, sino regularidad y fiabilidad.
Un año después, en 1895, la carrera Paris-Bordeaux-Paris —1.178 kilómetros de ida y vuelta— estableció un nuevo estándar. El ganador, Émile Levassor en un Panhard et Levassor, completó el recorrido en 48 horas y 47 minutos. La carrera demostró que los automóviles podían recorrer largas distancias de manera fiable, y disparó el interés público por la nueva tecnología.
Las carreras ciudad a ciudad y la era heroica
A finales del siglo XIX y principios del XX, las carreras más populares eran las carreras ciudad a ciudad, en las que los vehículos recorrían las carreteras abiertas entre dos poblaciones. Eran competiciones de una peligrosidad extrema: los automóviles alcanzaban velocidades entonces inéditas sobre carreteras sin preparar, entre espectadores que se agolpaban sin protección alguna.
La tragedia llegó inevitablemente. En la carrera Paris-Madrid de 1903, considerada la primera carrera de velocidad pura, varios pilotos y espectadores murieron en accidentes. Las autoridades detuvieron la carrera en Burdeos y los vehículos fueron remolcados hasta el final. El desastre puso fin a las carreras ciudad a ciudad y forzó a la comunidad automovilística a buscar nuevos formatos.
La solución fueron los circuitos cerrados: recorridos definidos, generalmente sobre carreteras rurales, por los que los vehículos pasaban en varias vueltas. El modelo lo definió el Circuit de la Sarthe, en la región francesa de Le Mans, donde en 1906 se disputó el primer Grand Prix de l’Automobile Club de France, considerado el primer Gran Premio de la historia con ese nombre. El ganador fue el húngaro Ferenc Szisz en un Renault.
La era de las Grandes Marcas: Alfa Romeo, Bugatti, Mercedes
El período entre las dos guerras mundiales (1919–1939) vivió el florecimiento de las grandes marcas automovilísticas europeas en competición. Alfa Romeo, Bugatti, Maserati, Mercedes-Benz y Auto Union dominaron sucesivamente el panorama competitivo, construyendo máquinas de poder creciente y líneas que aún hoy se consideran obras de arte mecánico.
Los años 1930 fueron la era de las “flechas de plata” alemanas: los equipos Mercedes-Benz y Auto Union, apoyados por el régimen nazi como demostración de la superioridad tecnológica alemana, dominaron el automovilismo internacional con coches de hasta 600 caballos de potencia. Los pilotos de la época —Tazio Nuvolari, Rudolf Caracciola, Bernd Rosemeyer— son considerados héroes de una era en que pilotear un Gran Prix era un acto de valentía extraordinaria.
El nacimiento de la Fórmula 1: 1950
Tras la Segunda Guerra Mundial, la comunidad automovilística necesitaba reconstruirse y reorganizarse. La Federación Internacional del Automóvil (FIA, fundada en 1904) tomó la iniciativa y en 1948 codificó el reglamento de una nueva categoría llamada Fórmula 1, que definiría con precisión las características técnicas de los monoplazas de mayor nivel.
El primer Campeonato del Mundo de Conductores se disputó en 1950, con siete carreras en el calendario: el Gran Premio de Gran Bretaña (Silverstone), Mónaco, Suiza, Bélgica, Francia, Italia y las 500 Millas de Indianápolis (que formó parte del campeonato hasta 1960 aunque el formato era muy diferente).
La primera carrera del campeonato, el Gran Premio de Gran Bretaña del 13 de mayo de 1950, contó con la presencia del rey Jorge VI y fue ganada por el italiano Giuseppe “Nino” Farina en un Alfa Romeo 158, el coche que llegaría a dominar esa primera temporada. El primer campeón del mundo fue precisamente Farina, que se impuso a su compañero de equipo Juan Manuel Fangio por apenas 3 puntos.
El escenario estaba listo para uno de los grandes espectáculos deportivos del siglo XX.