Cada año, al final del mes de septiembre, Australia entra en un estado de concentración colectiva difícil de explicar a quien no lo ha vivido. El rugby, el cricket, el tenis, el fútbol europeo: todo queda en segundo plano durante unas horas. El país se detiene para ver la Gran Final de la AFL. No es solo el partido de fútbol australiano más importante del año: es el evento deportivo más grande de Australia, sin excepción.
El número que lo explica todo
Cuatro millones de espectadores en directo por televisión. En un país de 26 millones de habitantes. Eso significa que aproximadamente uno de cada seis australianos, incluyendo bebés, ancianos y personas sin televisión, ve la Gran Final en el momento en que se emite. Si se considera solo la población adulta con acceso a televisión, la proporción es sensiblemente mayor.
Para comparar: la final del Super Bowl norteamericano atrae a unos 100 millones de espectadores en un país de 330 millones (uno de cada tres). La final de la Champions League europea puede acumular 150 millones en Europa, pero en un espacio de 400 millones de personas. La Gran Final de la AFL, con su proporción de público respecto a la población, está entre los eventos deportivos con mayor penetración relativa en su mercado doméstico de todo el mundo.
Un evento que para al país
El Viernes antes de la Gran Final es festivo oficial en Victoria, el estado donde nació el deporte y donde siguen teniendo sede la mitad de los clubs de la AFL. El festivo se llama AFL Grand Final Friday y fue instituido en 2015 como reconocimiento oficial a la importancia cultural del evento. El resultado es un fin de semana largo en que millones de victorians (y muchos ciudadanos del resto del país) viajan a Melbourne o se preparan para ver el partido.
Los bares y restaurantes de Melbourne y de otras ciudades australianas se llenan desde la mañana del sábado. Muchos eventos del día de la Gran Final tienen pantallas externas. El deporte australiano, en toda su complejidad (el cricket en verano, el rugby league en Queensland y Nueva Gales del Sur, el rugby union en ciertos estados), confluye ese día en el reconocimiento de que la Gran Final es el momento del año.
La semana de la Gran Final
El evento no se reduce al partido del sábado. La semana entera se convierte en un calendario de actividades: el lunes y martes previos son días de entrenamiento abierto de ambos equipos al público. El miércoles se anuncia el equipo definitivo para la final. El jueves es el Grand Final Eve, con cenas de gala para ambos equipos y la gala del Brownlow Medal (el premio al mejor jugador de la temporada regular), que se retransmite en directo y que por sí sola es uno de los programas más vistos de esa semana.
El viernes (festivo en Victoria) se celebra el Grand Final Parade, un desfile de ambos equipos en vehículos descubiertos por las calles del centro de Melbourne. Cientos de miles de personas se congregan en las aceras para ver pasar a sus ídolos. El ambiente recuerda al de un carnaval: colores de los equipos, banderas, cánticos, familias enteras con los colores de su club.
El partido como ritual compartido
Hay una dimensión casi ritual en la Gran Final australiana que va más allá del deporte. Es el momento del año en que generaciones se sientan juntas frente a la televisión. Los australianos que emigraron al extranjero se organizan para ver el partido en grupos, buscando la conexión con el país a través del evento. Las comunidades australianas en Londres, Nueva York, Singapur o Berlín organizan proyecciones de la Gran Final que en muchos casos empiezan a las cuatro o cinco de la mañana hora local.
Esta dimensión comunitaria y casi festiva es lo que diferencia a la Gran Final de otros eventos deportivos importantes. No es solo que el partido sea de alta calidad (que lo es): es que el partido funciona como una excusa para el encuentro, para la conversación, para la transmisión de la afición de padres a hijos. En ese sentido, la Gran Final de la AFL es, más que cualquier otra cosa, una institución cultural australiana.