En el fútbol australiano, las Grandes Finales más recordadas no son siempre las más desequilibradas: son las más emocionantes, las que se deciden en los últimos minutos, las que acaban con un solo punto de diferencia. Sin embargo, la historia de la competición también tiene sus finales dominadas, sus partidos en los que uno de los dos equipos fue muy superior al otro desde el primer cuarto y estableció registros de diferencia de puntos que todavía son imposibles de igualar.
Carlton 1995: la goleada récord
La mayor victoria en la historia de las Grandes Finales de la AFL se produjo el 30 de septiembre de 1995, cuando Carlton derrotó a Collingwood por 61 puntos de diferencia: 19.9 (123) a 9.8 (62). El partido se jugó en el MCG ante una multitud de más de 90.000 espectadores y fue un dominio absoluto de los Blues (azul marino de Carlton) desde prácticamente el comienzo del partido.
Carlton llegaba a esa final liderado por el entrenador David Parkin y con un equipo en el que brillaban jugadores como Michael Tuck (en sus últimas temporadas), Stephen Silvagni y Craig Bradley. Collingwood, por su parte, llegaba favorita para muchos analistas, pero el partido no fue competitivo: Carlton controló el juego en todos los cuartos y la diferencia no hizo más que crecer conforme pasaban los minutos.
La victoria de 61 puntos de diferencia es un récord que parece difícil de superar. En el fútbol australiano, las Grandes Finales son habitualmente partidos muy disputados: los equipos que llegan a la final son los dos mejores de la temporada, han pasado por tres o cuatro rondas de eliminatorias y llegan al partido de máxima exigencia con un nivel competitivo muy similar. Las finales desequilibradas son la excepción, no la norma.
Las finales más cerradas: un solo punto de diferencia
En el extremo opuesto de las goleadas están las finales más apretadas de la historia. La más emocionante de la era moderna fue la Gran Final de 2005, disputada entre los Sydney Swans y los West Coast Eagles el 24 de septiembre en el MCG.
El partido fue un duelo de alta intensidad en el que ninguno de los dos equipos pudo establecer una diferencia clara. En los momentos finales del cuarto cuarto, con los Swans por debajo en el marcador, Leo Barry (un defensa de Sydney) tomó una marca en la posición más importante posible en los instantes finales del partido, asegurando la posesión para su equipo. Los Swans convirtieron la oportunidad y ganaron 9.11 (65) a 9.10 (64), con un solo punto de diferencia.
Ese punto de diferencia es el resultado más ajustado de una Gran Final en la historia moderna de la AFL y el partido de 2005 es habitualmente citado como uno de los más emocionantes de toda la historia del deporte.
La única final empatada: 1977
La única Gran Final empatada en la historia de la competición se produjo en 1977, entre Collingwood y North Melbourne. El marcador final fue 9.12 (66) a 9.12 (66), un empate perfecto que obligó a repetir el partido una semana después en el mismo estadio.
La repetición fue ganada por North Melbourne, que se proclamó campeón. Fue la única vez en la historia de la AFL que se necesitó una repetición para decidir al campeón, y la regla de la prórroga que rige actualmente (períodos de cinco minutos hasta que haya un ganador) fue introducida precisamente para evitar que volviera a producirse un empate en la final.
Las grandes finales de los últimos años: competitividad creciente
En la era más reciente de la AFL (desde 2010 en adelante), las Grandes Finales han sido predominantemente competitivas, con diferencias que raramente superan los 30 puntos y con muchos partidos decididos en los últimos minutos. Esto refleja el nivel general de calidad de la AFL y la eficacia del sistema de draft y salary cap para mantener un equilibrio competitivo que hace que en cualquier año prácticamente cualquier equipo pueda ganar el título.
Las cuatro finales entre 2017 y 2020, todas ganadas por Richmond, son la última excepción a esta tendencia de equilibrio: los Tigers de esa era fueron tan superiores a sus rivales que ganaron sus tres finales con diferencias cómodas, lo que refuerza la idea de que para dominar una final de la AFL se necesita ser verdaderamente excepcional.