La tarjeta amarilla fue introducida oficialmente por la FIFA en el Mundial de México 1970, aunque la idea fue propuesta por el árbitro inglés Ken Aston, quien tuvo la inspiración observando un semáforo. Antes de su implantación, no existía un sistema visual claro para que los espectadores y jugadores supieran que un futbolista había sido amonestado. La tarjeta estandarizó la comunicación entre árbitro, jugadores y público en todo el mundo.
Recibir una tarjeta amarilla puede tener consecuencias más allá del partido en curso. En la mayoría de competiciones, acumular un determinado número de amonestaciones (generalmente cinco en liga) implica una suspensión automática para el siguiente partido. Esto obliga a los equipos a gestionar estratégicamente las amarillas de sus jugadores a lo largo de la temporada, especialmente antes de partidos importantes. Un jugador que ya lleva cuatro amarillas puede ser preservado en un partido de menor relevancia para no arriesgarse a la sanción.
Existen varios motivos reglamentados por los que el árbitro debe mostrar tarjeta amarilla: celebraciones excesivas (como quitarse la camiseta), protestas reiteradas, falta táctica para detener un contraataque, simular una falta, o no respetar la distancia reglamentaria en una falta. La aplicación de la norma varía según el árbitro y la intensidad del encuentro, lo que hace que la tarjeta amarilla sea uno de los elementos más subjetivos de la dirección arbitral.