La tarjeta roja es el símbolo más contundente de la autoridad arbitral en el fútbol. Su introducción oficial, junto con la amarilla, en el Mundial de 1970 transformó la forma de gestionar la disciplina en el juego. Antes de ese momento, los árbitros tenían que comunicar las sanciones de forma verbal o gestual, lo que generaba confusión frecuente. La tarjeta roja unificó el lenguaje disciplinario del fútbol a nivel global.
Ser expulsado tiene un impacto inmediato y doble: el partido continúa con el equipo en inferioridad numérica y el jugador queda suspendido para los siguientes encuentros de la competición. Estadísticamente, los equipos que juegan con diez contra once tienen una probabilidad significativamente menor de ganar el partido. En algunos estudios, esa probabilidad de victoria cae más de 20 puntos porcentuales respecto a un partido con igualdad numérica.
Los casos más discutidos de tarjeta roja suelen rodear el concepto de “última oportunidad manifiesta de gol”, coloquialmente llamada “roja por derribo claro”. Cuando un defensor derriba a un atacante que va solo hacia portería, el reglamento obliga al árbitro a sancionar con roja directa. Sin embargo, si existe otro defensor que podría haber interceptado la jugada, la sanción se reduce a tarjeta amarilla. Esta interpretación ha evolucionado con el tiempo y continúa siendo fuente de debate entre árbitros, entrenadores y aficionados.