La musicalización es el alma artística de la gimnasia rítmica. Mientras que otros componentes de la puntuación miden capacidades físicas y técnicas, la musicalización evalúa la capacidad de la gymnasta de convertirse en intérprete de una pieza musical a través de su cuerpo y su aparato. Las rutinas más memorables de la historia del deporte son aquellas en las que la relación entre la gymnasta y su música era tan perfecta que la coreografía parecía haber surgido directamente de la partitura.
Una musicalización de calidad implica un trabajo coreográfico previo de gran minuciosidad. La entrenadora y la gymnasta analizan la estructura de la música —sus frases, sus cambios de tempo, sus acentos dinámicos, sus puntos de clímax— y diseñan los movimientos corporales y las manipulaciones del aparato para que respondan a cada uno de esos elementos. Los momentos de máxima dificultad técnica se sitúan en los momentos de mayor intensidad musical, las transiciones coreográficas coinciden con las transiciones melódicas y los momentos de pausa o suspensión del cuerpo corresponden a los silencios o a los instantes de menor densidad musical.
La musicalización también tiene una dimensión de interpretación personal que va más allá del cumplimiento técnico de la coreografía. Dos gymnastas pueden ejecutar exactamente los mismos movimientos con la misma música y producir una impresión artística completamente diferente según su capacidad de conectar emocionalmente con la pieza y transmitir esa emoción a través de su expresión facial, la calidad de sus gestos y la intención con la que cada movimiento es ejecutado. Esta dimensión personal e interpretativa es lo que hace que la gimnasia rítmica sea un deporte donde las características individuales de cada atleta contribuyen de forma irreducible al resultado final.