Los años 50 y 60 del siglo XX fueron el período de mayor esplendor del automovilismo norteamericano de oval y, en particular, de las 500 Millas de Indianapolis. Era una época en que el Indy 500 era considerado por muchos la carrera de coches más importante del mundo, con una audiencia de radio y televisión incipiente que llevaba el nombre de Indianapolis a los rincones más remotos del planeta.
Los roadsters: la máquina americana
Durante los años 50, el coche dominante en Indianapolis fue el roadster, un tipo de monoplaza específico de las carreras americanas que no tenía equivalente en el automovilismo europeo. El roadster se caracterizaba por tener el motor desplazado lateralmente hacia la izquierda dentro del chasis, con el objetivo de reducir el centro de gravedad y permitir al piloto sentarse más bajo y también desplazado hacia la izquierda. En un oval donde los coches siempre giran a la izquierda, esta configuración asimétrica mejoraba el equilibrio.
Los roadsters eran coches largos, pesados y mecánicamente complejos, con motores de cuatro cilindros en línea o V8 de gran cilindrada. Su velocidad en los ovals era impresionante para la época: en 1955, Bob Sweikert ganó el Indy 500 a una velocidad media de 128 mph (206 km/h). Los grandes equipos propietarios de roadsters, como A.J. Watson y George Salih, eran figuras tan influyentes como los propios pilotos.
La llegada de los europeos y la revolución del motor trasero
La primera señal de lo que estaba por venir llegó en 1961 cuando Jack Brabham llevó un pequeño Cooper de motor trasero al Indy 500. Brabham terminó noveno, pero la diferencia de velocidad pura entre su pequeño monoplaza y los grandes roadsters sorprendió a todos los observadores. El Cooper era más pequeño, más ágil y aerodinámicamente más eficiente, aunque su motor era menos potente que los americanos.
La verdadera revolución llegó en 1963 de la mano de Colin Chapman y Jim Clark. Chapman, el genial diseñador inglés de Lotus, llevó al escocés Clark a Indianapolis con el Lotus 29, un monoplaza de motor trasero con diseño claramente influenciado por la Fórmula 1 europea. Clark estuvo a punto de ganar en su primera visita, terminando segundo, y la industria americana del automovilismo comprendió que el mundo estaba cambiando.
En 1965, Clark y Chapman completaron la revolución: el Lotus 38 ganó el Indy 500 con Clark al volante a una velocidad media de 150 mph (241 km/h), completamente dominante frente a los roadsters supervivientes. Era el primer monoplaza europeo de motor trasero en ganar Indianapolis y marcó el fin de los roadsters como concepto competitivo. En unos pocos años, todos los coches de Indianapolis habían adoptado el motor trasero y la influencia del diseño europeo.
Las grandes figuras de la era
A pesar de la invasión europea, la era dorada fue también la época de los grandes pilotos americanos. A.J. Foyt, nacido en Texas en 1935, fue el piloto más dominante del período: ganó el Indy 500 en 1961 y 1964 con los últimos grandes roadsters, antes de adaptarse a los monoplazas de motor trasero y ganar de nuevo en 1967. Su capacidad de adaptación técnica y su agresividad al volante lo convirtieron en el primer piloto en ganar cuatro veces Indianapolis.
El duelo entre la tradición americana de los roadsters y la modernidad europea de los monoplazas de motor trasero fue uno de los episodios más apasionantes de la historia del automovilismo, y su resolución definió la dirección técnica de todo el automovilismo de monoplazas durante las décadas siguientes.