En mayo de 1911, el mundo del automóvil estaba aún en su infancia. Los coches eran máquinas frágiles, ruidosas y mecánicamente impredecibles. Las carreteras de tierra y grava hacían peligrosos incluso los desplazamientos cotidianos. Y en esa ciudad industrial de Indiana llamada Indianapolis, un grupo de empresarios del automóvil había construido tres años antes una pista ovalada de 2,5 millas con la intención de usarla como laboratorio de pruebas para la industria emergente. Lo que nadie imaginaba es que ese óvalo de ladrillo se convertiría en el escenario de la carrera más famosa del mundo.
La construcción del Brickyard
El Indianapolis Motor Speedway fue concebido en 1909 por Carl Fisher, un empresario local que había hecho fortuna fabricando faros de carburo para automóviles. La idea era simple pero ambiciosa: construir una pista donde los fabricantes pudieran probar sus coches en condiciones de alta velocidad y los conductores aficionados pudieran demostrar su habilidad en un entorno controlado.
La pista original tenía una superficie de tierra compactada y grava que resultó desastrosa en sus primeras carreras: los accidentes fueron numerosos y algunos mortales. Fisher decidió pavimentar el circuito entero con ladrillo, una tarea monumental que requirió más de 3,2 millones de ladrillos de barro cocido. El resultado fue una pista más segura, más rápida y, para la época, una maravilla de la ingeniería. El apodo de The Brickyard nació de esa pavimentación y todavía hoy se usa para referirse al circuito, aunque casi todo el ladrillo fue sustituido por asfalto en 1961, conservándose solo una franja simbólica en la línea de meta.
La primera carrera: 30 de mayo de 1911
Cuarenta pilotos tomaron la salida en la primera edición de las 500 Millas de Indianapolis a las 10 de la mañana del 30 de mayo de 1911. La carrera duró más de seis horas y fue ganada por Ray Harroun al volante del Marmon Wasp, un monoplaza de color amarillo y negro especialmente construido para esa carrera.
Harroun fue la figura más innovadora de aquella primera edición. Corrió sin copiloto en una época en que todos los coches de carrera llevaban uno, cuya función era observar las condiciones de la pista y avisar al piloto de los rivales que se acercaban por detrás. Para sustituir al copiloto, Harroun instaló un espejo retrovisor en la parte delantera del coche, un dispositivo tan inusual en 1911 que varios rivales protestaron formalmente ante la organización, argumentando que el espejo era insuficiente para la seguridad. La dirección de carrera rechazó la protesta y Harroun terminó ganando la carrera a una velocidad media de 74,6 mph (120 km/h), completando las 200 vueltas al circuito en 6 horas, 42 minutos y 8 segundos.
El impacto inmediato
El éxito de la primera edición fue extraordinario. Decenas de miles de espectadores llenaron las gradas del Indianapolis Motor Speedway para ver aquella primera carrera, y las crónicas de la época la describían como un espectáculo nunca visto hasta entonces. La industria del automóvil también prestó atención: las marcas que habían participado usaron sus resultados en Indianapolis como argumento publicitario, estableciendo la conexión entre éxito en las carreras y calidad del producto de serie que definiría el automovilismo comercial durante décadas.
La carrera se repitió en 1912 y fue ganada por Joe Dawson. Desde entonces, salvo durante las dos guerras mundiales, las 500 Millas de Indianapolis se han celebrado cada año en el mes de mayo, construyendo una tradición centenaria que la convierte en el evento deportivo de mayor continuidad histórica del automovilismo mundial.