En el verano de 1956, en un taller de Los Ángeles, Art Ingels hizo algo que cambiaría el mundo del automovilismo para siempre: cogió unos tubos de acero, los soldó formando una estructura plana sin suspensión, montó cuatro ruedas pequeñas de avioneta, añadió un asiento básico y le enchufó un motor West Bend de 2,5 caballos sacado de un cortacésped. El resultado era tan simple que parecía imposible que pudiera ser divertido. Pero lo era. Enormemente divertido.
Ingels era constructor de coches de carreras profesional en Kurtis Kraft, una empresa que fabricaba los monoplazas que corrían en las 500 Millas de Indianápolis. Sabía perfectamente cómo construir un vehículo de competición sofisticado. Pero el primer kart no tenía nada de sofisticado: sin suspensión porque era más barato y simple; sin caja de cambios porque un motor pequeño no la necesitaba; sin carrocería porque añadía peso innecesario. La pureza del diseño no era una elección estética sino una consecuencia de la simplicidad técnica extrema.
Lo que Ingels descubrió aquella tarde en el taller es lo que millones de pilotos han redescubierto desde entonces: que cuando el vehículo es muy ligero, muy pequeño y responde directamente a cada movimiento del conductor sin intermediarios mecánicos, la sensación de velocidad y control es incomparable. El primer kart pesaba menos de 40 kg, lo que significaba que el piloto representaba más de la mitad del peso total del conjunto. Cada giro del volante, cada aceleración, cada frenada eran directas, inmediatas, físicas. Era como conducir sin la capa de amortiguación que todos los otros vehículos interponen entre el piloto y la carretera.