El karting es la universidad de la Fórmula 1. Desde los años 80, cuando Ayrton Senna demostró que la formación en kartódromo podía producir pilotos de una precisión y una sensibilidad al límite muy superiores a los formados en otras categorías, el karting se convirtió en el paso obligatorio de cualquier aspirante a llegar a la cúspide del automovilismo mundial. Hoy es prácticamente imposible encontrar un piloto de primer nivel en la Fórmula 1 que no tenga años de karting en su currículum de formación.
La razón de por qué el karting es tan eficaz como cantera es técnica y pedagógica a la vez. Un kart no tiene suspensión, lo que significa que cada irregularidad del asfalto llega directamente al piloto a través del chasis rígido. No tiene servodirección ni asistencias electrónicas de ningún tipo. La respuesta del vehículo a cada movimiento del volante es instantánea y directa, lo que obliga al piloto a desarrollar una sensibilidad y un control que ninguna otra categoría proporciona de forma tan pura. Los pilotos que han pasado miles de horas en un kart desarrollan un sentido de la adherencia y del límite que les diferencia radicalmente de quienes empezaron en categorías con más asistencias técnicas.
Max Verstappen representa el extremo más reciente de esta tradición: campeón mundial de karting CIK-FIA con solo 16 años, fue trasladado directamente desde el kartódromo a la Fórmula 3 por su padre Jos —también ex piloto de F1—, y de ahí a la Fórmula 1 con Toro Rosso sin ni siquiera pasar por la Fórmula 2. Su llegada a la F1 a los 17 años y la facilidad con que se adaptó a los monoplazas más potentes del mundo es la demostración más reciente de que el karting puede formar pilotos completos capaces de competir al más alto nivel desde el primer día.