El karting eléctrico ha vivido en la última década una evolución paralela a la del coche eléctrico en el mercado general. Lo que empezó siendo un producto recreativo para instalaciones indoor —con karts lentos, silenciosos y fáciles de conducir para el público general— se ha convertido gradualmente en una disciplina competitiva con sus propios campeonatos, sus propias categorías y una tecnología que avanza a gran velocidad. La revolución eléctrica que está transformando el automovilismo de primer nivel tiene su reflejo en la base del deporte del motor.
Los karts eléctricos de recreo existían en los kartódromos indoor desde los años 2000, pero su nivel de prestaciones era modesto comparado con los karts de combustión de competición. Con la mejora de las baterías de litio, la situación empezó a cambiar en la década de 2010: los nuevos karts eléctricos podían alcanzar velocidades y aceleraciones que empezaban a rivalizar con los karts de gasolina de categorías medias. La ausencia de ruido, la ausencia de emisiones y la simplicidad del mantenimiento —sin cambios de aceite, sin ajustes de carburador, sin calentamientos del motor— los hacían especialmente atractivos para las instalaciones indoor y para los propietarios de kartódromos en entornos urbanos o residenciales.
La CIK-FIA reconoció el potencial del karting eléctrico e introdujo las primeras competiciones oficiales a partir de 2020, con la categoría OK-e como plataforma de desarrollo. Este reconocimiento oficial abrió la puerta a una competición más seria y estructurada, con fabricantes de karts invirtiendo en el desarrollo de plataformas eléctricas competitivas. El karting eléctrico de competición sigue siendo una categoría emergente, pero su trayectoria es ascendente y su papel como herramienta de democratización del deporte —sin los costes de mantenimiento del motor de combustión y con menor contaminación acústica— es cada vez más relevante.