La llegada del karting a Europa a finales de los años 50 fue uno de esos fenómenos culturales que se expanden de forma casi orgánica, sin que nadie lo planifique completamente. Los soldados estadounidenses de las bases militares en Alemania fueron los primeros en llevar sus karts al continente, y la imagen de esos pequeños vehículos rugiendo en los aparcamientos de las ciudades alemanas despertó la curiosidad inmediata de la población local. En Italia, el entusiasmo fue especialmente pronunciado: un país con tradición automovilística profunda, una cultura de la velocidad arraigada y una industria mecánica versátil vio en el karting una oportunidad perfecta.
Los años 60 fueron el período de la explosión del karting europeo. En Italia florecieron decenas de fabricantes de karts artesanales e industriales que produjeron vehículos de calidad creciente, y los primeros kartódromos permanentes aparecieron en los alrededores de las grandes ciudades. El Reino Unido adoptó el deporte con la misma intensidad, y pronto había circuitos de karting en casi todas las regiones del país. En 1962, apenas cuatro años después de las primeras carreras organizadas en California, ya se disputaba el primer Campeonato de Europa de Karting, lo que da una medida de la velocidad con que el deporte se estructuró.
La década de los 70 consolidó el karting como la cantera natural del automovilismo europeo. Los grandes equipos de Fórmula 1 empezaron a fijarse en los jóvenes talentos de los kartódromos, y algunos pilotos que habían pasado por el karting comenzaron a llegar a las categorías superiores con unas habilidades de pilotaje notablemente más avanzadas que sus predecesores. La conexión entre karting y Fórmula 1 se fue haciendo más evidente y explícita, y el karting dejó de ser solo un deporte de base para convertirse también en el primer peldaño de la escalera hacia la élite del automovilismo mundial.