La historia del karting es la historia de la simplicidad convertida en pasión. En 1956, Art Ingels, un mecánico y constructor de coches de carreras que trabajaba en Kurtis Kraft —empresa que fabricaba los famosos bólidos de las 500 Millas de Indianápolis—, construyó en su tiempo libre un pequeño vehículo con tubos de acero soldados, cuatro ruedas y un diminuto motor de cortacésped West Bend de 2,5 caballos de potencia. Sin suspensión, sin caja de cambios, sin diferencial: un chasis rígido, cuatro ruedas y un motor. El primer kart de la historia era tan simple que cualquiera podía construir uno, y exactamente eso fue lo que ocurrió.
La idea se propagó con una velocidad asombrosa en el ambiente de los aficionados al motor de California. En 1957, el empresario Duffy Livingstone comenzó a fabricar karts en serie bajo la marca Go-Kart Company, popularizando el concepto y creando el nombre con el que el deporte sería conocido en todo el mundo. Las carreras empezaron a disputarse en aparcamientos vacíos, en zonas industriales y en cualquier superficie plana disponible, con reglas improvisadas y un entusiasmo desmedido. La accesibilidad era la clave: un kart costaba una fracción de lo que costaba cualquier otro vehículo de competición y cualquiera con algo de habilidad mecánica podía construir uno o comprarlo.
La formalización del deporte llegó rápidamente. En 1958 se disputó la primera carrera organizada de karting en el Rose Bowl de Pasadena, y ese mismo año se fundaron las primeras asociaciones de karting. En 1959, el karting ya se había extendido a Europa: los soldados estadounidenses estacionados en el continente europeo llevaron sus karts y los introdujeron en el Viejo Continente, donde el deporte encontraría un terreno especialmente fértil. En menos de cinco años desde el primer kart casero de Art Ingels, el karting se había convertido en un deporte con seguidores en decenas de países y con sus primeras competiciones internacionales.