La historia del korfbal comienza con un viaje y una idea. En 1902, un maestro de escuela llamado Nico Broekhuysen regresó a Ámsterdam desde un intercambio educativo en Suecia con la cabeza llena de posibilidades. Lo que había visto allí —ejercicios gimnásticos en los que chicos y chicas participaban juntos, con el mismo entusiasmo y las mismas exigencias— le había cambiado la perspectiva sobre lo que podía ser la educación física.
El viaje que lo cambió todo
Broekhuysen trabajaba como maestro en una escuela primaria de Ámsterdam a finales del siglo XIX y principios del XX. Era un período de ebullición pedagógica en Europa: las ideas sobre educación mixta, sobre el papel del deporte en el desarrollo infantil y sobre la igualdad entre niños y niñas estaban ganando terreno frente a los modelos tradicionales que separaban los sexos en casi todas las actividades.
Durante su estancia en Suecia, Broekhuysen observó con atención los métodos pedagógicos suecos, especialmente en el ámbito de la gimnasia. Lo que le impresionó no fue solo la calidad del ejercicio físico, sino el hecho de que chicos y chicas participaran conjuntamente, sin que la presencia de ambos sexos fuera un problema. Al contrario, parecía enriquecer la experiencia de todos.
El diseño de un deporte nuevo
Al regresar a Ámsterdam, Broekhuysen se puso a trabajar en un juego de equipo que pudiera practicarse de forma mixta. No quería adaptar un deporte existente —el fútbol o el atletismo de la época eran inherentemente masculinos o femeninos— sino crear algo desde cero con la igualdad de género como principio arquitectónico.
El resultado fue el korfbal. Las reglas que diseñó tenían un propósito claro:
- La composición mixta obligatoria garantizaba que hombres y mujeres fueran igualmente necesarios para el equipo
- La regla de marca por sexo impedía que las diferencias físicas entre géneros se convirtieran en una ventaja táctica desigual
- La prohibición de contacto físico hacía el juego accesible para jugadores de distintos perfiles físicos
- La restricción de movimiento con el balón ponía el énfasis en el pase y el juego colectivo, no en la potencia individual
El primer partido, 1902
El primer partido de korfbal se jugó en 1902 en el patio de la escuela donde trabajaba Broekhuysen, en Ámsterdam. Los participantes eran sus propios alumnos. La reacción fue inmediata: el juego era divertido, dinámico e inclusivo. Chicos y chicas jugaban juntos con entusiasmo real, no como una concesión pedagógica, sino porque el juego lo hacía natural.
La noticia se extendió rápidamente entre el mundo educativo holandés. Otras escuelas adoptaron el juego, y en 1903 se fundó la primera asociación de korfbal de los Países Bajos: el Nederlandsche Korfbalbond (NKB), hoy conocido como KNKV.
El legado de Broekhuysen
Nico Broekhuysen no fue un deportista famoso ni un empresario visionario. Fue un maestro que creyó que el deporte debía ser un espacio de encuentro igualitario, y diseñó las herramientas para hacerlo posible. Su creación sobrevivió más de un siglo, se expandió por decenas de países y sigue siendo hoy el único deporte de equipo en el mundo donde hombres y mujeres compiten juntos con las mismas reglas y la misma relevancia.
El korfbal lleva el nombre del maestro de Ámsterdam grabado en su ADN: cada partido es, en cierta medida, la demostración de que su idea de 1902 funcionaba.