El face, o babyface, es el héroe de la lucha libre profesional y el contrapunto necesario del heel. Mientras el heel existe para ser odiado, el face existe para ser amado, o al menos apoyado. En la estructura narrativa más básica del wrestling, el face representa la justicia, el esfuerzo y la integridad frente a la trampa, la cobardía y la arrogancia del villano. Esta dualidad, antigua como el teatro, es la columna vertebral sobre la que se construyen las rivalidades que mueven al público a comprar entradas y seguir los programas semana tras semana.
El buen face no es simplemente alguien que lucha limpio: es alguien con quien el público quiere identificarse emocionalmente. Los mejores faces de la historia han encarnado valores o actitudes que resonaban con el momento cultural en que actuaban. Hulk Hogan en los años 80, con su americanismo exuberante y su «decir tus plegarias y tomar tus vitaminas», conectó con una generación de niños en plena guerra fría. Steve Austin en los 90, el empleado que se rebela contra el jefe corrupto, capturó el espíritu antiautoritario de la época y lo convirtió en la historia más lucrativa de la WWE hasta entonces.
El trabajo de face tiene su propia complejidad técnica. El face debe comunicar constantemente al público sus emociones: el dolor cuando el heel le somete a un hold prolongado, la esperanza cuando empieza a recuperarse, la euforia del comeback. Este proceso, llamado selling, exige actuar con convicción durante períodos largos del combate en que el face está en desventaja. Simultáneamente, el face debe gestionar el momento del comeback, el instante en que el público explota de alegría al verle recuperarse, de forma que tenga el mayor impacto emocional posible.