El heel es el villano de la lucha libre profesional, uno de los dos arquetipos fundamentales sobre los que se construye toda la narrativa del wrestling. La palabra, cuyo origen exacto es debatido pero que probablemente viene del argot del espectáculo ambulante del siglo XX, designa al luchador que el público debe odiar. El heel no actúa para caer bien: actúa para provocar, para despertar indignación, para hacer que la multitud desee verle sufrir una derrota humillante. Ese odio, bien canalizado, es la energía que hace que los combates tengan peso emocional.
El arte del heel reside en encontrar el equilibrio exacto entre la irritación y el entretenimiento. Un heel demasiado odioso, que cruza líneas demasiado oscuras o que no tiene ningún rasgo que el público pueda admirar aunque sea a regañadientes, genera rechazo total: la gente deja de mirar. El mejor heel es aquel que el público odia intensamente pero no puede dejar de ver. Rick Flair, considerado por muchos el mejor heel de la historia, era tan carismático en su egolatría y sus trampas que una parte del público terminaba admirándole casi contra su voluntad.
Los heels más efectivos también suelen ser los mejores trabajadores del ring, porque tienen la responsabilidad técnica de hacer que el face parezca siempre en desventaja, de guiar el combate hacia los momentos dramáticos sin que el público note la dirección artificial del guión. El heel controla el ritmo del combate, aplica llaves de control lentas que comunican dominio y dan tiempo al público para hervir de indignación, y distribuye los momentos de esperanza del face con precisión casi matemática para mantener la tensión hasta el desenlace previsto.