El derribo es una de las acciones fundamentales en la lucha olímpica y representa el núcleo de la disciplina: llevar al oponente desde la verticalidad hasta el suelo manteniendo el control durante todo el movimiento. Para que el árbitro reconozca el derribo y otorgue los puntos correspondientes, el atacante debe terminar la acción en posición dominante sobre su rival, es decir, por encima o a su lado con control claro del cuerpo del contrincante.
La ejecución de un buen derribo combina varios elementos: distancia correcta, agarre preciso, explosividad en la entrada y finalización con control. Los luchadores de élite trabajan durante años para perfeccionar sus entradas favoritas, conocidas como «shots» en el argot del deporte. Un shot de pierna, por ejemplo, consiste en bajar el nivel del cuerpo y penetrar hacia las piernas del rival para desequilibrarle y llevarlo al suelo. Este tipo de entrada es habitual en lucha libre pero está prohibida en greco-romana.
Desde el punto de vista táctico, el derribo no es un fin en sí mismo sino el inicio de la fase de suelo. Un luchador que consigue un derribo busca inmediatamente continuar el ataque en el tatami: aplicar una técnica de gut-wrench, intentar exponer la espalda del rival o buscar la caída directa. Por eso los mejores luchadores del mundo combinan un poderoso juego de derribos con una técnica sólida en las posiciones de suelo.