La lucha greco-romana es la modalidad más histórica del programa olímpico moderno y define una filosofía de combate basada en el dominio del cuerpo superior. La norma fundamental es clara: no se puede agarrar al rival por debajo de la línea de la cadera ni usar las piernas para ejecutar ningún tipo de técnica ofensiva. Esta restricción obliga a los luchadores a buscar proyecciones con la fuerza del torso, lo que produce las acciones más espectaculares de toda la lucha olímpica: los suplexes amplios donde el rival describe un arco completo antes de impactar con el tatami.
La fase de suelo en greco-romana es especialmente intensa. Cuando el árbitro detiene el combate de pie y lo reinicia en posiciones de suelo, el luchador que defiende queda arrodillado con las manos en el tatami y el atacante se coloca detrás con ambas manos en la cintura del rival. Desde ahí el atacante tiene un tiempo limitado para ejecutar una técnica, habitualmente el gut-wrench, o exponerse a recibir la pasividad. Esta mecánica de reinicio en suelo es exclusiva de la greco-romana y genera momentos de gran tensión.
En el imaginario popular la greco-romana tiene una dimensión casi ceremonial: sus orígenes se asocian con los atletas del mundo antiguo y su presencia continua en los Juegos desde 1896 la convierte en uno de los deportes con mayor tradición olímpica. Países como Rusia, Irán, Turquía, Cuba y los países escandinavos han dominado históricamente esta modalidad, produciendo campeones que han alcanzado un estatus mítico en sus respectivas culturas deportivas.