La pasividad es uno de los conceptos más importantes del reglamento de lucha olímpica y tiene como objetivo garantizar que los combates sean activos y atractivos para el espectador. La regla nace de una necesidad táctica evidente: sin penalización, un luchador que va ganando podría limitarse a esquivar al rival durante el tiempo restante. La pasividad obliga a todos los competidores a mantener una actitud ofensiva a lo largo de los seis minutos de combate.
El árbitro cuenta con amplia discrecionalidad para valorar la pasividad. No existe un tiempo exacto de espera antes de sancionar: el árbitro juzga la actitud global del luchador, si retrocede sin cesar, si evita el contacto o si simplemente no intenta ninguna acción de ataque. Antes de puntuar suele haber una advertencia gestual previa para avisar al luchador, aunque en situaciones claras de evasión el árbitro puede actuar con mayor rapidez. Esta subjetividad es uno de los aspectos del reglamento que genera más debate entre técnicos y aficionados.
En greco-romana, la posición de suelo derivada de la pasividad es uno de los momentos más intensos del combate. El luchador defensor, que ya ha sido señalado como pasivo, queda en situación vulnerable con el rival detrás. La presión psicológica y física de esa posición es enorme: debe resistir las técnicas del atacante durante un tiempo breve pero decisivo. Muchos combates de greco-romana a alto nivel se deciden precisamente en esas posiciones de pasividad, lo que convierte la gestión de la energía y los nervios en una habilidad tan importante como la técnica pura.