La historia de la lucha olímpica del siglo XX no puede contarse sin hablar del dominio sistemático de la Unión Soviética. Pero el mapa del poder en la lucha mundial es más complejo que una sola nación: Irán, Estados Unidos, Turquía, Japón y los países del Cáucaso han escrito también capítulos fundamentales en la historia del deporte más antiguo del olimpismo.
La máquina soviética
Cuando la Unión Soviética se incorporó al movimiento olímpico en los Juegos de Helsinki 1952, lo hizo con una maquinaria deportiva diseñada para demostrar la superioridad del sistema soviético. La lucha fue uno de los deportes elegidos para este propósito.
Los soviéticos aplicaron métodos de entrenamiento científico —periodización, especialización, análisis biomecánico— décadas antes de que fueran habituales en Occidente. Sus luchadores entrenaban en instalaciones de primer nivel, con acceso a los mejores preparadores físicos y técnicos del país. El resultado fue una hegemonía casi total en ambos estilos durante los años 1960, 1970 y 1980.
En los Juegos de Helsinki 1952, los soviéticos ganaron inmediatamente varias medallas de oro en lucha. En los Juegos siguientes, su dominio fue creciente. En los Juegos de Moscú 1980, boicoteados por Estados Unidos y otras democracias occidentales, la URSS arrasó en lucha con una actuación sin precedentes.
Nombres como Aleksandr Medved (tres oros olímpicos), Aleksandr Karelin (tres oros consecutivos en grecorromana) o Valentin Raichin representan la cúspide de esta escuela soviética, cuya influencia se siente aún en la lucha rusa contemporánea.
Irán: la lucha como identidad nacional
Si la URSS fue la potencia de la guerra fría, Irán es la potencia cultural de la lucha olímpica. Ningún país tiene una conexión más profunda entre la lucha y su identidad nacional.
La tradición de lucha iraní se remonta al varzesh-e bastani, el deporte antiguo persa practicado en los zurkhaneh (casas de fuerza), espacios ritualizados donde la lucha, el entrenamiento físico y la espiritualidad se fusionaban. Esta cultura ha alimentado una cantera de luchadores de élite de forma continua durante siglos.
En la era olímpica, Irán ha ganado medallas en casi todos los Juegos desde los años 1940. Tras la Revolución Islámica de 1979, la lucha se convirtió en el deporte que el estado iraní utilizaba para demostrar fortaleza nacional en el exterior. Las victorias olímpicas iraníes en lucha son celebradas como victorias nacionales de primera magnitud.
Estados Unidos: la cuna de la lucha libre
Estados Unidos es el país que más ha contribuido al desarrollo de la lucha libre como disciplina olímpica. Desde los primeros Juegos modernos, los luchadores americanos han sido competitivos a nivel mundial, con tradiciones universitarias profundamente arraigadas —la lucha universitaria americana (folkstyle) ha alimentado generaciones de competidores de élite internacional.
Figuras como Rulon Gardner (campeón olímpico en Sídney 2000, al vencer a Karelin), Jordan Burroughs (campeón olímpico y mundial reiterado en lucha libre) o John Smith (dos oros olímpicos) representan lo mejor de la escuela americana.
Turquía, Azerbaiyán y el Cáucaso
Los países del Cáucaso —Azerbaiyán, Georgia, Armenia— y Turquía tienen tradiciones de lucha que rivalizan con las soviéticas. La lucha greconromana y la libre han generado medallistas olímpicos en casi cada edición de los Juegos. Azerbaiyán en particular ha convertido la lucha en uno de sus deportes de referencia.
Japón: la potencia femenina
Aunque Japón no ha sido históricamente una gran potencia en la lucha masculina olímpica, el país ha dominado la lucha femenina desde su incorporación al programa olímpico en 2004. Las ya mencionadas Kaori Icho y Saori Yoshida son el símbolo de una escuela japonesa de lucha femenina que sigue siendo referencia mundial.