La historia de la lucha olímpica moderna comienza en el siglo XIX, en la Europa que redescubría el atletismo y los ideales del cuerpo cultivado de la Antigüedad clásica. De ese ambiente surgió la lucha grecorromana, el estilo que llevaría la lucha de vuelta a los Juegos Olímpicos tras más de mil años de ausencia.
La lucha francesa del siglo XIX
En la Francia del siglo XIX, los espectáculos de lucha eran una forma de entretenimiento popular habitual en ferias, circos y plazas públicas. Los luchadores itinerantes viajaban de ciudad en ciudad ofreciendo combates y desafiando a los locales. Este ambiente generó gradualmente una codificación de reglas que distinguía esta «lucha francesa» de otros estilos: la prohibición de usar las piernas para atacar o defenderse, y la exigencia de trabajar únicamente con el tren superior.
A mediados del siglo XIX, este estilo recibió el nombre de lucha grecorromana (en francés, lutte gréco-romaine), una denominación que buscaba conectar el deporte moderno con la tradición clásica de Grecia y Roma y darle así un estatus cultural elevado. La evocación de la Antigüedad no era accidental: el siglo XIX europeo estaba obsesionado con el ideal clásico del cuerpo atlético.
El estilo se extendió rápidamente por Europa central y del este, especialmente por los países escandinavos, los estados alemanes y los territorios del Imperio Austrohúngaro, que se convirtieron en potencias en el nuevo deporte.
Atenas 1896: la lucha vuelve a los Juegos Olímpicos
Cuando Pierre de Coubertin organizó los primeros Juegos Olímpicos modernos en Atenas en 1896, incluir la lucha en el programa era prácticamente obligado: era uno de los deportes más antiguos y más asociados a la tradición olímpica griega. El estilo elegido fue la lucha grecorromana, el único codificado internacionalmente en ese momento.
Sin embargo, la competición de lucha grecorromana de Atenas 1896 fue, en términos organizativos, un acontecimiento modesto. Solo se disputó un combate en peso abierto, sin categorías de peso ni estructura de torneo. El vencedor fue el atleta alemán Carl Schuhmann, que además compitió en gimnasia artística y atletismo en los mismos Juegos. Su rival en la final fue el griego Georgios Tsitas.
La ausencia de estructura de competición real reflejaba las dificultades organizativas de aquellos primeros Juegos modernos, que fueron un logro enorme pero también un evento en muchos aspectos improvisado.
Paris 1900: la lucha desaparece del programa
Los Juegos Olímpicos de París en 1900 no incluyeron la lucha en el programa, una exclusión que ilustra la inestabilidad del programa olímpico en los primeros años. Los organizadores parisinos tuvieron dificultades para estructurar muchas competiciones y la lucha fue una de las bajas.
Saint Louis 1904: llega la lucha libre
En los Juegos de Saint Louis 1904, los primeros celebrados en América del Norte, se incorporó al programa un segundo estilo de lucha: la lucha libre (catch-as-catch-can en inglés). Este estilo, popularizado en el mundo anglosajón, permitía los agarres de piernas y tenía una dinámica de combate claramente diferente a la grecorromana.
La lucha libre de 1904 fue un asunto casi exclusivamente estadounidense: todos los participantes en la mayoría de las categorías eran americanos. Pero el precedente estaba sentado y la lucha libre no abandonaría el programa olímpico desde entonces.
La consolidación de dos estilos
A partir de los Juegos de Londres 1908, la lucha olímpica comenzó a adquirir su estructura moderna: dos estilos (libre y grecorromana), múltiples categorías de peso y un torneo con sistema de eliminación. Este proceso de consolidación fue largo y no estuvo exento de cambios y controversias, pero la base de los dos estilos que conocemos hoy quedó establecida en esas primeras décadas del siglo XX.