Hay carreras y hay el TT de la Isla de Man. Desde 1907, cada año en junio (con interrupciones por las dos guerras mundiales y la pandemia de 2020), los mejores pilotos del mundo de carreras en ruta se congregan en una pequeña isla en el Mar de Irlanda para disputar la prueba más extrema que existe en el motociclismo. Y probablemente en cualquier deporte motorizado.
Un circuito que no tiene parangón
El Snaefell Mountain Course, el trazado que acoge el TT, no es un circuito construido para las carreras. Es una red de carreteras públicas normales, con todas las implicaciones que eso conlleva. Esas carreteras tienen muros de piedra, casas con jardines, postes de electricidad, bordillos de granito, alcantarillas, badenes y todo lo que uno espera encontrar en las carreteras de un pueblo inglés del siglo XIX… pero renovado y usado como pista de carreras a más de 200 km/h de media.
El recorrido tiene 60,7 kilómetros y casi 200 curvas catalogadas. Las rectas permiten velocidades de más de 300 km/h. Las curvas de pueblo se toman a velocidades que en cualquier otro circuito se considerarían absurdas. Los pilotos aprenden el trazado durante años: se dice que hacen falta al menos cinco temporadas de participación para empezar a conocer el circuito de verdad.
Los números que quitan el sueño
Más de 260 muertos desde 1907. Una media que, en algunos períodos de la historia, era de casi cuatro muertes por edición. El año más trágico fue 1970, con siete fallecidos.
Esto no ha detenido la carrera. Tampoco ha detenido a los pilotos, que se inscriben voluntariamente, con pleno conocimiento del riesgo. Los organizadores han mejorado la seguridad progresivamente: más balas de paja, más protecciones, carreras canceladas por lluvia o niebla cuando en el pasado se corrían con cualquier condición. Pero la naturaleza del trazado hace que el riesgo sea estructuralmente irreducible.
El dato que más impacta no es el número total de muertes, sino la estadística de participación: aproximadamente uno de cada cuatro pilotos que ha competido en el TT ha muerto en la carrera o en un accidente relacionado con las carreras en ruta. Esta cifra, verificada en estudios académicos sobre seguridad en el deporte, no tiene equivalente en ninguna otra disciplina deportiva.
La velocidad que desafía la imaginación
El récord absoluto pertenece a Peter Hickman, establecido en 2018: 217,989 km/h de media en una vuelta al circuito completo. Para contextualizar esa cifra: eso significa que Hickman recorrió 60,7 kilómetros de carreteras de pueblo con muros de piedra a ambos lados, con curvas de 90 grados, con cambios de rasante que lanzan la moto al aire, en menos de 17 minutos.
En la recta de Sulby, una de las más largas del circuito, las motos actuales superan los 320 km/h. En esa recta hay una curva suave que requiere una ligera toque de freno, y esa curva está bordeada por muros de piedra tradicionales de la isla.
Por qué los pilotos siguen yendo
La pregunta más difícil de responder sobre el TT no es por qué es peligroso, sino por qué los pilotos siguen presentándose a pesar del peligro.
Las respuestas que dan ellos mismos son sorprendentemente consistentes: ningún otro circuito ofrece esa sensación. La velocidad en el TT es cualitativamente diferente a la velocidad en un circuito cerrado. En Assen o en Silverstone, el piloto sabe que si se sale tiene asfalto de escapatoria, grava, neumáticos de seguridad. En el TT, cada metro de la carretera es la carretera: no hay nada antes del muro.
Esa ausencia de red de seguridad, paradójicamente, produce en muchos pilotos una concentración que describen como casi meditativa. El peligro extremo, bien gestionado, genera un estado mental que no tiene equivalente en ningún otro entorno competitivo.
El TT tiene lista de espera. Cada año hay más candidatos que plazas. Y eso, quizás, es lo más curioso de todo.