Hay rivalidades que definen los deportes. En el fútbol, Real Madrid y Barcelona. En la Fórmula 1, Ferrari y McLaren en los años 80. En el motociclismo de velocidad, la historia de los últimos setenta años no se puede contar sin hablar de la guerra permanente entre dos gigantes japoneses: Honda y Yamaha.
Los orígenes de una rivalidad industrial
Honda se fundó en 1948, Yamaha en 1955. Las dos empresas empezaron en el mismo mercado, vendiendo motocicletas en un Japón de posguerra que necesitaba movilidad barata. La competencia en el mercado de carretera se trasladó inevitablemente a los circuitos, porque en los años 50 y 60 ganar carreras era la forma más efectiva de publicidad.
Honda llegó al Campeonato del Mundo en 1959, ganó en 1961. Yamaha llegó en 1961, ganó por primera vez en 1964. El patrón quedó establecido desde el principio: Honda innovaba, Yamaha respondía. O viceversa. La tecnología de ambas empresas avanzó más rápido en esos años que en ningún otro período de la historia del motociclismo.
La decisión de Rossi que cambió la historia
El episodio más dramático de esta rivalidad en la era moderna fue la salida de Valentino Rossi de Honda a finales de 2003. Rossi había ganado el título de MotoGP en 2002 y 2003 con Honda. Era el piloto más exitoso del paddock. Tenía la moto más rápida. Y se fue.
Las razones oficiales fueron económicas. Las razones reales eran más complejas: Rossi sentía que Honda no le reconocía como el principal artífice de las victorias, que el fabricante pensaba que cualquier piloto de primer nivel podría ganar con esa moto.
Rossi quiso demostrarlo al revés: quería demostrar que él podía ganar con una moto inferior. Se fue a Yamaha, que llevaba dos temporadas sin ganar el campeonato, y en su primera temporada con la M1 ganó nueve de los dieciséis grandes premios y el título mundial. Honda terminó quinto con su moto campeona del año anterior.
Fue la victoria personal más contundente de la historia del motociclismo moderno. Y fue posible precisamente porque Honda y Yamaha son rivales: sin esa rivalidad, no habría habido otra moto competitiva a la que irse.
La guerra de los ingenieros
La rivalidad entre Honda y Yamaha no es solo una cuestión de marketing o de pilotos. Es una batalla técnica permanente que ha producido algunas de las soluciones de ingeniería más ingeniosas (y más extrañas) de la historia del automovilismo.
En los años 80, cuando Yamaha presentó el motor de cuatro cilindros en línea que se convertiría en el estándar de la clase 500cc, Honda respondió con una V4 que era mecánicamente más compleja pero potencialmente más potente. Durante casi una década, la pugna entre estas dos filosofías de motor dominó los debates técnicos del campeonato.
En la era MotoGP, Yamaha apostó por una filosofía de motor que priorizaba la facilidad de pilotaje y la consistencia del neumático trasero. Honda apostó por la máxima potencia y dejó al piloto resolver los problemas de tracción. Dos filosofías radicalmente distintas que reflejan culturas corporativas distintas.
El legado de una rivalidad sin fin
Honda tiene más títulos mundiales históricos. Yamaha ha ganado con más pilotos diferentes. Honda ha tenido períodos de dominio aplastante. Yamaha ha tenido remontadas épicas. Ninguna ha conseguido eliminar definitivamente a la otra.
Esa igualdad de fondo, con todas las oscilaciones y dominios temporales, es lo que hace que la rivalidad funcione como motor del deporte. Si una de las dos hubiera ganado de forma aplastante durante una década, el motociclismo habría perdido parte de su interés. La guerra continúa precisamente porque ninguna de las dos puede ganarla del todo.