Cada cuatro años, en las ruinas de un templo griego de más de 2.500 años de antigüedad, una llama nace del sol. Después recorre miles de kilómetros, cambia de manos cientos de veces, atraviesa países y océanos, y finalmente enciende el pebetero que da inicio a los Juegos Olímpicos. Es el relevo más famoso del planeta, y su historia es más moderna —y más política— de lo que parece.
El fuego sagrado en la Antigüedad
En los Juegos Olímpicos de la Antigua Grecia, el fuego tenía un papel central. No era un relevo de la antorcha tal como lo conocemos hoy, sino un fuego permanente que ardía en el altar de Zeus en Olimpia durante toda la duración de los Juegos. Era un fuego sagrado, símbolo de la presencia divina en la competición.
Los griegos también practicaban las lampadedromías, carreras de relevos con antorchas que se realizaban en honor a distintos dioses, pero eran eventos separados y no formaban parte de los Juegos Olímpicos propiamente dichos. La confusión entre estas tradiciones ha alimentado el mito de que el relevo de la antorcha tiene sus raíces en la Grecia clásica, cuando en realidad la tradición moderna es bastante más reciente.
Los primeros Juegos modernos no tenían antorcha
Cuando Pierre de Coubertin organizó los primeros Juegos Olímpicos modernos en Atenas 1896, no hubo ningún relevo de antorcha. Tampoco en 1900, 1904, 1908 ni en ninguna de las ediciones siguientes. La tradición que hoy nos parece tan antigua e irrenunciable tiene en realidad menos de noventa años.
En los Juegos de Ámsterdam 1928 apareció por primera vez un pebetero encendido en el estadio olímpico, pero era una llama fija, sin ningún ritual de relevo. El primer fuego simbólico de los Juegos modernos, pero sin el recorrido previo desde Grecia.
Berlín 1936: el nacimiento del relevo moderno
El relevo de antorcha tal como lo conocemos hoy fue inventado para los Juegos de Berlín 1936. La idea fue del historiador y organizador deportivo alemán Carl Diem, y fue entusiastamente adoptada por el régimen nazi como herramienta de propaganda.
El concepto era poderoso: una llama encendida en la cuna de los Juegos, en la Grecia clásica, viajando hasta la Alemania moderna como símbolo de la continuidad cultural entre el mundo helénico y el Tercer Reich. El relevo recorrió 3.187 kilómetros a través de Grecia, Bulgaria, Yugoslavia, Hungría, Austria y Checoslovaquia hasta llegar a Berlín, con 3.331 portadores que corrían un kilómetro cada uno.
La directora de cine Leni Riefenstahl filmó el nacimiento de la llama en Olimpia para su película “Olympia”, y esas imágenes crearon el imaginario visual del ritual que el mundo ha replicado desde entonces. El relevo fue tan visualmente impactante y tan cargado de simbolismo que el COI decidió mantenerlo para las ediciones futuras, separando el ritual de su origen propagandístico.
Cómo se enciende la llama: el ritual de Olimpia
El proceso de encendido de la llama olímpica es uno de los pocos que sigue un protocolo estricto para garantizar que el fuego sea genuinamente solar, sin intervención de fuentes artificiales.
En el Templo de Hera en Olimpia, varias semanas antes de la ceremonia de apertura de los Juegos, un grupo de sacerdotisas vestidas con túnicas griegas clásicas llevan a cabo la ceremonia. La actriz principal, que interpreta el papel de sumo sacerdotisa, sostiene un espejo parabólico cóncavo orientado hacia el sol. La geometría del espejo concentra los rayos solares en un punto focal donde se coloca una antorcha. Cuando la luz del sol es suficiente, la antorcha se enciende sola, sin ningún fuego externo.
En caso de que el tiempo nublado impida el encendido solar —algo que ha ocurrido—, el protocolo permite usar la llama encendida en el ensayo oficial del día anterior, que se guarda en una linterna de seguridad. El encendido nunca puede realizarse con mechero, cerilla ni ninguna otra fuente artificial.
Una vez encendida, la llama pasa al primer portador y comienza su viaje.
El recorrido: de Olimpia a la sede olímpica
El recorrido exacto del relevo varía en cada edición, adaptado a la geografía y los valores que el comité organizador quiere transmitir. Lo que permanece constante es el punto de partida —Olimpia— y el punto de llegada: el estadio principal de la sede olímpica, durante la ceremonia de apertura.
El relevo recorre en primer lugar toda Grecia, pasando por ciudades de especial significado histórico. Luego, generalmente en avión con la llama en una linterna de seguridad, viaja hasta el país anfitrión. Allí puede recorrer miles de kilómetros durante semanas o meses, pasando por manos de decenas de miles de portadores.
Para los Juegos de Pekín 2008, el relevo fue el más ambicioso de la historia: recorrió cinco continentes en 130 días, con 21.880 portadores y una ruta que incluyó la cumbre del Everest. Para los Juegos de Tokio 2020 (celebrados en 2021 por la pandemia), el relevo se vio reducido por las restricciones sanitarias.
Momentos icónicos del relevo
Algunos portadores de antorcha han pasado a la historia tanto como los propios Juegos.
En Atlanta 1996, el último portador fue Muhammad Ali, con 54 años y con el Parkinson avanzado haciendo temblar su mano. La imagen del tres veces campeón del mundo de boxeo sosteniendo la antorcha, con el brazo temblando pero la mirada firme, fue uno de los momentos más emocionantes de la historia olímpica reciente.
En Sídney 2000, Cathy Freeman —la velocista aborigen australiana— fue elegida para encender el pebetero en la ceremonia de apertura, en un gesto cargado de simbolismo sobre la reconciliación entre Australia y sus pueblos indígenas. Días después, ganó el oro en los 400 metros ante su propio público.
La llama apagada: incidentes y protestas
La llama olímpica no siempre ha completado su recorrido sin incidentes. La lluvia y el viento han apagado la antorcha en múltiples ocasiones, siempre reencendida con la linterna de reserva sin que el público lo note.
Las protestas políticas han sido el mayor desafío. El relevo de Pekín 2008 fue el más conflictivo de la historia: manifestantes que denunciaban la situación en el Tíbet interrumpieron el paso de la antorcha en ciudades como Londres, París y San Francisco, generando escenas de caos y la intervención policial. El gobierno chino modificó el recorrido en varias ciudades para evitar altercados.
El pebetero: el final del viaje
La culminación del relevo es el encendido del pebetero en la ceremonia de apertura. El diseño de cada pebetero es uno de los secretos mejor guardados de cada edición, revelado solo en el momento en que se enciende. Algunos han sido monumentales torres de fuego; otros, estructuras más íntimas.
El portador final —quien enciende el pebetero— es también un secreto celosamente guardado. El anuncio se produce en directo ante millones de espectadores, y la identidad del portador suele generar tanto interés como los resultados deportivos. Después de encenderse en la ceremonia de apertura, el pebetero arde sin interrupción durante toda la duración de los Juegos y se apaga simbólicamente en la ceremonia de clausura.