El atletismo es el corazón de los Juegos Olímpicos. No porque sea el más popular de todos los deportes olímpicos, sino porque concentra la esencia más pura del ideal olímpico: correr más rápido, saltar más alto, lanzar más lejos. Desde la primera maratón de Atenas 1896 hasta los récords de velocidad de Usain Bolt, la historia del atletismo olímpico es, en muchos aspectos, la historia del deporte del siglo XX.
Atenas 1896: el nacimiento de la maratón moderna
Los primeros Juegos Olímpicos modernos reservaron su momento más emotivo para la prueba más larga. La maratón de Atenas 1896 cubría los 40 kilómetros que separan la llanura de Maratón del estadio Panathinaikon, un recorrido que evocaba la legendaria carrera del mensajero griego Filípides.
El ganador fue Spyridon Louis, un aguador griego de 23 años prácticamente desconocido. Su victoria ante el público ateniense fue una explosión de fervor nacional: según las crónicas, el rey Jorge I se levantó de su asiento y el estadio entero deliró. Louis recibió propuestas de matrimonio, promesas de regalos y se convirtió en héroe nacional de la noche a la mañana. Su imagen sigue siendo el símbolo más reconocible del atletismo olímpico de las primeras décadas.
Paavo Nurmi: el finlandés invencible
Si la historia del atletismo olímpico tiene un primer gran dominador, ese es el finlandés Paavo Nurmi, el “Corredor Solitario”. Entre 1920 y 1928, Nurmi ganó nueve medallas de oro en pruebas de fondo. En los Juegos de París 1924, realizó una hazaña que sigue siendo única: ganó los 1.500 metros y los 5.000 metros con apenas 55 minutos de diferencia entre ambas finales. Para prepararse, corrió el segundo calentamiento con un cronómetro en la mano para regular sus tiempos al segundo.
La imagen de Nurmi corriendo con el cronómetro es una de las más reproducidas del atletismo de entreguerras. Representaba una nueva forma de concebir el atletismo: científica, metódica, calculada, en contraste con el heroísmo romántico e impredecible de los primeros maratonistas.
Emil Zátopek: el imposible triple de Helsinki 1952
Emil Zátopek, el soldado checo que corría con una mueca de sufrimiento permanente que hacía creer a los espectadores que estaba a punto de colapsar, es para muchos el mejor atleta de la historia olímpica. En los Juegos de Helsinki 1952 ganó los 5.000 metros, los 10.000 metros y la maratón. Tres oros, tres récords olímpicos.
Lo más extraordinario es que en Helsinki Zátopek corrió la maratón por primera vez en su vida. Antes de salir al camino preguntó al maratonista inglés Jim Peters, el favorito, cuál era el ritmo habitual. Peters, intentando despistarle, le dijo un ritmo más rápido de lo normal. Zátopek lo siguió, dejó a Peters atrás, y llegó primero. El triple de Zátopek es considerado imposible de repetir en el atletismo moderno, donde la especialización es total.
Ciudad de México 1968: el día que el atletismo se reescribió
Los Juegos de Ciudad de México 1968 fueron extraordinarios para el atletismo por razones que mezclan la física y la historia. La altitud de 2.240 metros sobre el nivel del mar, que dificultaba enormemente las pruebas de fondo, fue una ventaja en las pruebas de velocidad y saltos, donde el aire más delgado reduce la resistencia.
El resultado fue una cascada de récords mundiales. Bob Beamon saltó 8,90 metros en longitud, mejorando el récord mundial en 55 centímetros de golpe (el equivalente a mejorar el récord de los 100 metros en medio segundo). Beamon, al conocer el resultado, cayó de rodillas con un ataque de catalepsia catatónica, incapaz de procesar lo que acababa de hacer. Su récord no fue superado hasta 1991.
En velocidad, Jim Hines fue el primer hombre en correr los 100 metros en menos de 10 segundos (9,95). Tommie Smith ganó los 200 metros con 19,83 segundos, un récord que duró veinte años. Y en los 400 metros, Lee Evans marcó 43,86 segundos, un tiempo que no fue batido hasta 1988.
Pero México 1968 también quedó marcado por el gesto político más famoso de la historia del atletismo: en el podio de los 200 metros, Tommie Smith y John Carlos levantaron el puño negro enguantado durante el himno americano, en solidaridad con el movimiento de derechos civiles. Fueron expulsados del equipo americano y vivieron años de represalia. Hoy, su gesto es considerado uno de los actos de protesta más valientes de la historia del deporte.
Los años dorados del fondo africano
A partir de los años 70, el atletismo de medio fondo y fondo pasó a estar dominado por atletas de Kenia y Etiopía. Kip Keino, Henry Rono, Miruts Yifter, John Ngugi y, más adelante, Haile Gebrselassie, Paul Tergat, Eliud Kipchoge: una generación tras otra de atletas africanos reescribieron los límites de lo posible en las distancias largas.
En los 800 y 1.500 metros, el marroquí Hicham El Guerrouj ganó ambas pruebas en Atenas 2004, un doblete que nadie había logrado en ochenta años. El sudafricano Caster Semenya ganó los 800 metros en Río 2016 en medio de una polémica médica sobre sus niveles de testosterona que generó un debate que aún no está cerrado.
Carl Lewis y Flo-Jo: los años 80 y 90
Los años 80 pertenecieron a Carl Lewis, el velocista y saltador americano que ganó cuatro oros en Los Ángeles 1984 (emulando a Jesse Owens), dos más en Seúl 1988 (donde heredó el oro de los 100 metros tras el descalabro de Ben Johnson), uno más en Barcelona 1992 y otro en Atlanta 1996 en el salto de longitud, con 35 años. En total, nueve oros en cuatro ediciones: una trayectoria sin equivalente en la historia del atletismo olímpico.
Florence Griffith-Joyner (Flo-Jo) fue el fenómeno más espectacular de Seúl 1988: ganó los 100, 200 metros y el relevo 4x100, con unos tiempos —10,49 en los 100 metros y 21,34 en los 200— que aún no han sido superados más de treinta años después, lo que sigue generando sospechas sobre su limpieza.
Usain Bolt: el más rápido de la historia
Usain Bolt es el capítulo final —por ahora— de la historia del atletismo olímpico. El jamaicano de 1,95 metros ganó los 100 y 200 metros en Pekín 2008, Londres 2012 y Río 2016, siendo el único hombre en defender los dos títulos en ediciones consecutivas. Sus tiempos —9,58 en los 100 metros y 19,19 en los 200, ambos récords mundiales establecidos en el Mundial de Berlín 2009— definen el límite actual de la velocidad humana.
La imagen de Bolt cruzando la meta con el gesto de “rayo” y mirando a los cronómetros con una sonrisa es uno de los iconos visuales del olimpismo del siglo XXI. Bolt no solo fue el más rápido; fue también el más carismático, el que hizo popular el velocismo ante audiencias que normalmente no seguían el atletismo.
El atletismo sigue siendo hoy el deporte con más pruebas en el programa olímpico, con 48 finales en los Juegos de Verano. Su posición central en los Juegos, con el estadio siempre lleno y los grandes medios pendientes de cada final, es el reconocimiento de que correr y saltar son las actividades deportivas más universales y antiguas de la humanidad.